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Cómo encontrar a alguien para amar

Un juego de niños… ¡para adultos!
 
¿La seducción no es un talento natural, algo que se lleva en la sangre, de una vez por todas, o que uno no
tiene en absoluto? ¿Que uno no tendrá nunca? 
 
Y bien, imagine usted que  ¡no!.  Seducir es algo que se aprende,  ¡como la
música! Además, sí, como lo deseo, usted aplica algunos secretos (infalibles)
que están contenidos en esta pequeña obra (un vademécum indispensable),
rápidamente se dará cuenta.
 
Hablo con conocimiento de causa. Pues yo soy todo excepto un seductor
natural. No soy millonario. Lejos de ello. Puedo apenas decir que estoy a ras.
No viajo en un Jaguar o en un Ferrari. No. Solamente en un modesto Renault.
Mis ingresos no me permitirían curar otro carro pues soy un modesto periodista
a la caza.  Comento, por diferentes revistas y periódicos, artículos que no
siempre publican. Y redondeo mi fin de mes haciendo traducciones de obras
americanas.
 
Nada de volverme célebre y atraer mujeres, pues, como todos lo saben, la
gloria es sin duda, para las mujeres, uno de los afrodisíacos más eficaces. Pero
no dispongo de esta arma, mi oficio, usted lo comprende, ha sido un tanto
oculto.
 
No tengo el físico de Robert Redford o de Alain Delon. Mucho faltaría para ello.
Soy un tipo común. Nada de particular ni de interesante.
 
No obstante, a decir verdad, conozco muchas mujeres exitosas. A tal punto que
(y lo digo sin pretensión alguna) me era complicado decidir con quien pasaría la
tarde o la noche.
 
Incluso puedo decir a quienes les interesa que se puede encontrar al menos
una mujer nueva por día.  ¿Esto lo deja escéptico? ¿Le parece inverosímil?.
 
A mí también, hace dos años, me hubiera parecido imposible si hubiese
escuchado semejante enunciado. Y sobretodo, no habría podido creer que esto
se pudiera aplicar a mí. A los otros, quizá, pero ¿a mí? A mí, que en 25 años
sólo había tenido dos encuentros y breves, a mi con mi timidez, si bien no
enfermiza, pero sí grande, es decir,  manejable… 
 
No. No había que soñar en colores… yo no gustaba a las mujeres desde hace
años, y sería seguramente así durante los siguientes años.  Como la mayoría de mis amigos tenían compañera, yo era cada vez más solitario.  No se me invitaba en las tardes o a cenar pues había ya dado la vuelta a la esquina.
 
Inútil decir que realmente me aburría y que incluso había llegado a esperar
alguna especie de milagro. Por ejemplo, que el alma gemela vendría un día
tocaría la puerta de mi apartamento y se echaría a mis brazos haciéndome una
gran declaración de amor. Evidentemente, esto no se producía, los milagros no
eran cosa corriente, por lo menos no en Paris.
 
Y no obstante, hace dos años, mucho agua a pasado bajo el puente, y muchas
mujeres han estado en mis brazos.
 
Muchas… quiere decir…,  ¿Me pregunta, usted?,  ¿Usted quiere cifras? Bien,
digamos que una buena treintena, lo que es sin duda poco si se me compara
con Casanova, pero que es una considerable cifra si se piensa que desde el
principio de mi vida amorosa sólo había conocido dos mujeres.
 
Y agrego que entre esta treintena de mujeres, algunas eran literalmente
extraordinarias, tan bellas como actrices o maniquíes.  Hubo menos
espectaculares, convengo, pero después de todo, lo respeto, no me llamo Alain
Delon.
 
¿Cómo me llegó esto?,  ¿a qué debo yo esta metamorfosis, este cambio tan
sorprendente en el curso de mi destino amoroso?  Le diré que no piense en que
recibí herencia de alguna vieja tía, que yo no estuve en el Goncourt y que no
libré mi fisonomía a la cirugía estética. No, todo ha pasado por azar. O bien, es
el destino. Poco importa. Déjeme contarle la cosa, es muy simple.
 
Hace dos años, entonces, recibí una llamada telefónica, un lunes por la
mañana, de un editor que necesitaba los servicios de un traductor. Otro editor
satisfecho por mis servicios le había pasado mi nombre.  Hice una cita con el
director de la colección que se ocupaba de las traducciones. Y me presenté a
su oficina dos días después. Me pareció extremadamente simpático.
 
Un no se qué se desprendía de su personalidad, una suerte de fluido que tenía
algo seductor. Además, no era yo el único sensible a su simpatía, pues todas
las mujeres que pasaron por su oficina durante la media hora que yo lo espere,
parecían subyugadas. La secretaria, una joven pelirroja, la directora de
producción, una mona despampanante del tipo sueco, y una de sus
colaboradores que debía arreglar conmigo algunos detalles de la traducción,
una bella de ojos azules.
 
Mientras, advertía el hecho de que el director se entretenía con su
colaboradora, yo lo examinaba atentamente, me daba cuenta que si hacía yo
abstracción de su simpatía, de su magnetismo, si sólo consideraba sus rasgos,
él no tenía nada de excepcional.
 
             Incluso, tenía importantes defectos, el más visible era la nariz, no tan
espectacular como la de Cyrano, pero bastante pronunciada. Una avanzada
calvicie despejaba su frente, y no era ni bajo ni alto, ni de contextura atlética,
incluso flaco. Es necesario precisar que se desprendía de él, misteriosamente,
una expresión de gran elegancia.
 
Otra cosa era remarcable en él, ese brillo de sus ojos, azules y luminosos. Y su
sonrisa. Una sonrisa muy atractiva. Una sonrisa que descubría unos dientes
comunes y de una imperfecta regularidad, pero que daban la idea de decir que
su propietario era sinceramente feliz de encontrarte allí ante él. 
 
Sucede que el director, que me confió ese mismo día la traducción de una
novela americana de gran tiraje, se hizo amigo mío. Tuve entonces la ocasión
de volverlo a ver durante un café con él.
 
Me doy cuenta además que su carisma dejaba huellas por todas partes, no sólo
entre sus colegas de trabajo, sino también con extranjeros que no tenían
porque ser seducidos por el hecho de que  él fuera un director de una casa
editorial.  Como rápidamente nos tornamos familiares, le pregunté cómo diablos
hacía para tener tanto efecto con las mujeres.
 
Comienza por dejar escapar una carcajada, luego alza los hombros diciendo:
“Es la cosa más fácil del mundo”.
 
Y vacía de un trago su copa de rojo. Eso no me parece gran cosa.
 
Las mujeres adoran ser rastreadas, agrega, luego de haberse secado los
labios.
 
¿Aún es preciso saber cómo?, dije. 
 
Creo que vio una cierta tristeza en mis ojos, un desconcierto. Y me hizo una
sorprendente confidencia.
 
¿Me creerías si te digo que hace cinco años apenas no lograba seducir una
mujer en cientos de tentativas?.
 
La  sorpresa que se dibujo en mi rostro lo alegra. Era como si le dijera que él
bromeaba, que no era serio.
Es la más estricta verdad, reparo él.
La confidencia llama a la confidencia, le confié que me encontraba actualmente
en esa situación y que eso me desolaba. Después de todo, yo no estaba tan
mal, era relativamente inteligente, bastante como para hacer traducciones, y sin
desbordar de confianza no era realmente tímido. Podía abordar a una mujer sin
temor.

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