Si puedes hablar lo tienes todo
Yo no comprendí ese “todo”. ¿Qué quería decir?
Es lo principal, es la base.
Tuve esa tarde una conversación o mejor una lección de seducción que haría
cambiar mi vida, no solamente mi vida amorosa, sino el resto, toda mi vida,
pues la seguridad que confiere el hecho de gustar a las mujeres da una
seguridad general, una confianza en sí que personalmente no había conocido
nunca, ni la había sospechado, siquiera.
Luego de que le hice la promesa de que me serviría de sus técnicas para ir a
jugar en el terreno, me entregó sus secretos. Quedé asombrado por su
simplicidad y su lógica.
Ese amable director murió recientemente, en un accidente automovilístico. Es
un poco por tal razón, en su memoria, como un agradecimiento póstumo, que
decidí poner por escrito los secretos que él me confió. Éstos me han prestado
un excelente servicio tal que me siento en el deber de hacer lo mismo, para
beneficiar a la mayor parte posible de hombres (y de hecho también a las
mujeres) con los consejos que él me ha prodigado. Creo que si viviera aún, él
estaría feliz de esta iniciativa. ¡Para que muchas personas vengan a jugar en el
terreno correspondiente!
Antes de entrar en lo vivo del tema (y debo detener la impaciencia que ciento
en mi pluma, lo que me parece muy prometedor, pues para ilustrar los principio
que aprendí, deberé recurrir a ejemplos vividos cuyo recuerdo viene a mi
mente, aún), antes de entrar, entonces, en lo vivo del tema, debo hacer un
pequeñito paréntesis.
El objeto de este libro no es hacer de usted uno de esos rastreadores
que se tornan tan alienados como infelices por su obsesión de seducir, lo que,
por el contrario, no logran agradar a las mujeres. No tengo objeción en que el
lector utilice los secretos de esta obra para poseer a una nueva mujer todos los
días.
Pero no es ese mi propósito. Lo que busco es más bien, posibilitarle a los
hombre, que por una u otra razón no han encontrado mujeres o que estando
cerca de ellas, los sucesivos fracasos (como era mi caso hasta hace dos años)
le impiden romper el circulo infernal de su soledad.
Quiero favorecer los contactos entre los hombres y las mujeres. Pues no hay
nada más natural que el amor entre estos. Además, dígase esto: establecer un
primer contacto con una mujer no necesariamente tiene por objeto llevarla al
lecho esa misma noche.
Puede haber otras cosas en el objetivo de la ligazón. Una maravillosa amistad.
Una ternura recíproca. Un contacto que podrá serle útil en el ámbito profesional.
Un simple intercambio de ideas que le permita pasar una agradable tarde y
expandirse socialmente. Y quien sabe, quizá también, al fin de cuentas, el
amor. El verdadero amor, aquel que la mayor parte de los seres buscan.
Desdichadamente, muy frecuentemente en la vida hay ocasiones bizarras,
encuentros que no tienen lugar, y todo por nuestra causa, sin que lo queramos
o busquemos, no obstante. Pues esa mujer con la que se cruzó ayer en la calle,
esa soberbia mujer que lo ha seguido tímidamente a distancia y que usted no
ha osado abordarla sino con una sutil sonrisa de ánimo, quien sabe, era quizás
la mujer de su vida, con quien hubiera podido vivir un gran amor. Era ella una
mujer con la que quizá hubiese podido vivir una relación maravillosa. Y sin duda
no la volverá a ver, nunca.
Dígase esto, es infinitamente preferible tener remordimientos porque usted se
ha dirigido a, que por no haberlo intentado. Al menos, en el primer caso, usted
tendrá limpio el corazón. Y quizá también un asunto de corazón…
Por lo tanto, nada es más fácil que seducir a una mujer, conquistarla o ligarla
como se dice hoy. Cuando se sabe cómo. Y es lo que tengo la intención de
mostrarles.
También usted, se dirá como yo, que es un juego de niños, para adultos. Si
alguien tan común como yo ha logrado en poco tiempo hacer numerosas
conquistas, no hay razón alguna para que usted no puede hacerlo entonces.
¿Qué mujeres se pueden conquistar?
He aquí una importante pregunta a la cual me aprecio de dar una respuesta.
Simple. A todas las mujeres. Poco importa la edad, la condición, etc. Ricas o
pobres. Célebres o completamente desconocidas. Solteras o divorciadas… No
digo esto solo por animarlos. Es la más estricta verdad.
Es preciso que se diga una cosa: los tiempos han cambiado, en 20 años. Hace
mucho tiempo aún, era raro que una mujer hiciera el amor antes de casarse.
Aquellas que lo hacían, lo hacían con mucha discreción. No se hacían notar ni
se arriesgaban a una mala reputación… Ahora, la mayor parte de las mujeres
comienzan muy jóvenes a tener relaciones sexuales y no se preocupan de
saber si se casarán con su amante.
Muchas mujeres están adaptadas al amor libre y no quieren desprenderse de
ello, prefieren invertir lo esencial de sus energías en seguir una carrera. La
mayor parte de las mujeres modernas son independientes financieramente,
además de un título, lo que las torna libres, entre otras cosas físicamente.
Y además, la píldora anticonceptiva disminuye mucho sino es que elimina
completamente el temor de un embarazo no deseado. Hay cambios entonces,
las mujeres de hoy son más libres. Y más disponibles. E, igual que los
hombres, ellas buscan diariamente, el amor.
Me permito al respecto citarles la película de la novela “El hombre que amaba
las mujeres”, de François Truffaut. Es un filme que sin vacilación les
recomiendo para entrarlos en el ambiente idóneo para probarles que es fácil
conquistar a las mujeres, y que un hombre común puede hacer conquistas casi
diarias.
Si no ha tenido la suerte de verlo, es, como el título deja suponer, la historia de
un hombre, Bertrand Morane, ingeniero de profesión, soltero de estado, cuya
única pasión en la vida es “las mujeres”. Las mujeres, todas las mujeres.
El esfuerzo de imaginación e ingeniosidad que él despliega para alcanzar sus
fines, son admirables. Y los resultados también lo son, a pesar de ciertos
inevitables fracasos. Un día, decide escribir sus recuerdos amorosos, para
hacer una especie de novela. En un momento dado, se interroga, fascinado por
el raudal de mujeres que, en primavera, desfilan por las calles de Montpellier,
en la que él vivía.
Son millares, todos los días, caminando por las calles… Pero ¿Quiénes son
todas esas mujeres? ¿Adónde van? ¿A qué cita? Si el corazón es libre,
entonces, sus cuerpos son a tomar, y me parece que no tengo el derecho de
dejar pasar la suerte.
En verdad, le diré: ellas quieren lo mismo que yo, ellas quieren el amor. Todo el
mundo quiere el amor. Toda clase de amor. El amor físico y el amor sentimental,
o incluso simplemente la ternura desinteresada de alguien que elija a alguien
para la vida y no miré a ninguna otra persona. Yo no allí, yo miro a todo el
mundo.
Esto dice, incluso si la mayor parte de las mujeres piensan diario en el amor y
aman hacerse conquistar, ellas no lo admitirán necesariamente. En principio,
ellas se muestran quizá frías, y reticentes. La mayor parte viven con el
fantasma de pasar por mujeres fáciles. Ellas no detestan que los hombres se
tomen el trabajo de admitir su complacencia por sus favores. Pero una cosa es
importante, memorícela y logrará eliminar sus vacilaciones y sus temores: no
solamente todas las mujeres aceptan ser rastreadas, sino que adoran serlo.
La mejor prueba de ello, es que lo contrario las inquieta y deprime. Las mujeres
están contentas de poder constatar al final de la semana que fueron seguidas
por un desconocido que les hizo galanteos o que un hombre las ha invitado a
tomar un vino, y les ha ofrecido llevarlas o acompañarlas, en su carro.
Quizá no le admitan claramente que están siendo rastreadas, pues el termino
es muy masculino y repugna a algunas mujeres. Ellas dirán que se han
encontrado por azar a alguien, que un hombre les ha ofrecido llevar sus
paquetes, que les ha ayudado a guardar el carro. Todas, cosas totalmente
inocentes, en apariencia. No es cuestión sino de nomenclatura. Pero en la
mayor parte de los casos, bien entendido, el hombre que ofrece a una mujer
cargar algo pesado, la rastrea, simplemente. Sea formalismo, sea civismo, pero
es rastreo y punto.
De hecho, a veces sorprende ver hasta que punto es facil seducir a una mujer.
Incluso una mujer que no sólo no tiene sino que además, no lo es. Les contaré
una anécdota. Como se trata de un hecho vivido (y en este caso por el autor de
estas páginas), usted comprenderá que yo cite nombres ficticios. Yo no cuido
mi reputación pero sí la de los otros.
Durante seis meses, luego de haber realizado la traducción de la novela
americana que me había confiado aquel a quien debo los secretos que les
entrego a ustedes, yo trabajé en la casa editorial, haciendo diversos trabajos de
redacción. Se me dio una pequeña oficina que me era perfecta. La puerta se
abría a uno de los corredores más concurridos de la editorial por lo que podía
ver desfilar todas las mujeres que trabajaba allí. Ahora bien, eran numerosas. Y
muy bonitas.
Un día, una de ellas, que yo distinguía, fue nombrada como nueva secretaria en
el departamento en donde yo trabajaba. No era Catherine Deneuve pero era
adorable. Era sobretodo muy sexy.
Era una morena adorable, con un talle de avista y ojos de fuego. Además, tenía
una manera algo escandalosa de fumar el cigarrillo. Era para abreviarles, la
inhalación. Si no estuviese entre nosotros, entre hombres, no hablaría de esa
manera de caminar. Llevando siempre los tacones altos (sin duda para crecer
un poco), tenía una manera de balancear las caderas que hacía literalmente
rabiar a las otras mueres, y que en revancha encantaba a los hombres… Los
hombres escapan raramente a ciertos efectos, incluso si son exagerados de
manera ostentosa.
Para no alargar la historia, digamos que uno de mis amigos viene un día a
verme a la editorial a patearme. Nos conocíamos hacía 20 años y desde hace
20 años me patea. Cuando éramos pequeños, por los cigarrillos, o por otras
minucias. Ahora, por motivos más serios. Pero como es un amigo de infancia,
no le niego generalmente nada. Al entrar en mi oficina, estaba él muy excitado y
me explica la razón. Al llegar siguió a una mujer que movía las caderas de
manera extraordinaria. Esta mujer, lo habrá adivinado ya usted, no era otra que
a nueva secretaria a la que bautizaré Ginette, para mayor comodidad. Ella lo
había precedido evidentemente en la oficina.
Este amigo de infancia que se llamaba Juan, atravesaba un periodo muy
sombrío, sentimentalmente. Se había separado de su mujer y desde hacía
algunas semanas, no había encontrado aún nuevo apartamento y aceptaba la
hospitalidad de los compañeros, cuando no dormía en el hotel. Rápidamente
me pide que diga quien era esta secretaria tan sexy. Una nueva, le expliqué yo.
¿Hay algo entre ustedes?, me preguntó.
No, respondí yo, e iba a agregar: Todavía…
Pero él no me dio el tiempo de terminar.
– Entonces, es preciso que me la presentes.
¿Amigos, ante todo, no es así? Me dije, en todo caso. Y saliendo de la oficina,
fui a presentarle a Ginette, pero ella salía en ese momento, si bien, alcanzaron
a cruzarse y se entrevieron por una fracción de segundo. Una fracción de
segundo, digo bien. Ustedes comprenderan rápidamente las consecuencias.
Aturdido, mi amigo Juan que, dicho sea al pasar, no estaba en mal estado,
enarbolaba orgullosamente un gran bigote del que se sentía orgulloso (con
razón, pues le llevó a muchos eventos acerca de mujeres. Volveremos sobre
este tema en otro capítulo.), mi amigo Juan, me suplica entonces arreglar un
encuentro entre Ginette y él. ¿Qué es lo que uno no hará por los amigos?.
Al otro día, heme entonces jugando al casamentero con la chica más sexy del
departamento. Yo tenía cierto remordimiento. ¿No debía yo pensar en mí, ser
un poco más egoísta? Pero yo le había prometido. Yo no tengo más que una
palabra… A pesar de ello, hablando con Ginette, a la mañana siguiente,
durante la pausa del café, le dije que mi amigo se había impresionado con ella y
que no cesaba de hablarme de ella desde que la había visto, el día anterior.
A él le gustaría mucho conocerte, le dije. Ella pareció turbarse por lo que yo
acababa de decirle. Es preciso decir que yo improvisaba toda suerte de
detalles, inventaba cumplidos que mi amigo no me había sugerido. Lástima, yo
sentía que yo habría podido seducir a esta niña, yo había sido muy efectivo.
No tiene más que llamarme, me respondió de un tajo, Ginnette.
Quedé atónito. Ella aceptaba una cita con un hombre que, incluso, ella no
conocía, y al que ella no le había hablado, y que ella solo había entrevisto.
Yo me preguntaba, incluso si, ella reconocería a mi amigo. Mi sorpresa fue
mayúscula cuando me entero, más tarde, en el curso de la semana, que sin
estar oficialmente casada, ella vive con un hombre desde hacía dos años. Una
mujer moderna, no hay duda. Si relato los detalles de esta ventura, aunque no
fue mía, es para probar hasta qué punto las mujeres de hoy, adoran la
coquetería (ser rastreadas), hasta qué punto ellas están disponibles, y aman la
aventura, sin duda, tanto como nosotros.
Cuando le cuento a mi amigo Juan, la noticia, él se exalta y se dispuesto me
pide un nuevo servicio. Si le presto mi apartamento en la noche. ¿Razón? Él
no quiere que Ginette sepa que él estuvo casado y que acaba de divorciarse. Ir
al hotel lo pone, inmediatamente, en evidencia. Como es una buena causa, no
me rehúso.
A la mañana siguiente Juan llama a Ginette a la oficina y se citan. Irán a comer
juntos, a un pequeño y simpático restaurante. Antes de recogerla en su oficina,
él pasa a verme para recoger las llaves y me pregunta, ligeramente ansioso,
hasta donde puede ir la primera velada juntos. Como yo no la conocía, no atiné
a aconsejar en ningún sentido, me contenté con decirle: “tu verás, según como
las cosas se vayan dando”
Por mi parte, contacté a un compañero que gentilmente me hospedó por esa
noche. A la mañana siguiente, mi compañero me cuenta, muy alegre. Es ella
misma quien toma la delantera. En un momento dado, en el restaurante, ella le
dijo, cándidamente:
¿Puedo pedirle algo? – Sí.
- Abráseme…
Inútil decir cómo termina la tarde. Su idilio no dura. Ginette descubre pronto el
pastel. Entregándome un día mi sobre de pago, ella se da cuenta que mi
dirección era la misma que la de Juan. Ellos tuvieron una violenta discusión,
seguida de una definitiva ruptura, lo que no contraría a mi amigo, pues había
resuelto retornar con su mujer.
El tiempo pasa. Cada vez que veo a Ginette –y la veo muchas veces por día––
me digo que fui muy torpe al haber sido tan vacilante. Decidí probar suerte. La
invité a cenar. Ella aceptó. Durante la cena, sólo fui un amigo, sobretodo
cuando me habló de dos o tres reanudaciones con su compañero, cosa que me
desalienta. Pero al acompañarla a su carro, al último momento, al despedirla,
me arriesgo y la beso entreabriendo los labios. Para mi sorpresa, ella no me
rechaza. Enseguida. Luego de un largo beso, me dice con aire enojado:
Ya lo sé. Ustedes todos son iguales, los hombres, no tienen más que una idea
en la cabeza.
Balbucee una explicación, un cúmulo de cumplidos, lo que es preciso no
privarse de hacer.
Y bien.., yo…, excúseme…, no fue mi intención, pero eres muy bonita, muy
sensual… No pude no hacerlo.. Ha sido más fuerte que yo…
Vi caer, inmediatamente su cólera. Como si estuviese encantada. En suma, le
decía que ella me había hecho perder la cabeza, que no era responsable de
mis actos. Anticipo aquí, que eso tiene un efecto devastador en las mujeres.
Ellas tienen horror a los fríos seductores que no se emocionan nunca. Diría
incluso, es en todo caso lo que mi experiencia personal me ha enseñado, que el
modo más seguro de turbar a una mujer, es estar uno mismo turbado.
A menos de estar sinceramente turbados (lo que es ideal pues la emoción nos
da elocuencia, sí no verbalmente, de otra forma, más misteriosa e invisible
sobre la que volveré luego), a menos de estar realmente turbados, entonces,
pretenda estarlo. A pesar de todo, en el caso que me ocupaba esa tarde, esas
bellas palabras no lograron, en mucho tiempo, atemperar la cólera de Ginette.
Ella, con sus bellos ojos, lanzaba claras muestras de estar molesta.
Juan te ha dicho cómo yo besaba y has querido ensayar…
¿Por quién me tomas? ¿Crees que me voy a acostar con toda la tropa?
Ella no se equivocaba. Juan me había descrito minuciosamente las locas
noches que había pasado en los brazos de Ginette, de las que estuve
totalmente envidioso. Eso no había hecho más que confirmar lo que yo
pensaba de ella, es decir, que era una mujer extremadamente sensual. Pero me
era necesario negar todo. Yo no me burlaría. Pero Ginette me arroja una ducha
fría cuando me dice:
Quiero que sepas algo. Jamás retornaré a tu apartamento. Jamás me acostaré
contigo.
No protesté. No le insistiría más. Me contenté con levantar la espalda y tomar el
partido de jugar al hombre formal (Gentlemen). Les señalo, al pasar, que es
una estrategia con la que cuenta usted, como ventaja, para recurrir a ella, en
casi todas las ocasiones.
Me permito aquí un paréntesis para argumentar mi anécdota.
Usted está en un bar y flirtea con una mujer. Ella lo despacha. Inútil ponerse a
insultarla, decirle que es una buena para nada, une frígida, lesbiana, etc. Eso
no le ayudará a usted en nada. Incluso si así fuera el caso.
Usted no sabe nada de esa mujer. Acaso tenga buenas razones para negarse.
Acaso acaba de separarse de su novio y no tiene cabeza para amoríos. Acaba
quizá de perder a su mamá, por un terrible cáncer. Lo que no da lugar al
coqueteo.
O quizá, simplemente, espera a alguien. Otra tarde arriesgue a verla de nuevo.
Quizá esté en mejor disposición. Como ya lo habrá notado, el segundo
encuentro es mejor. Y luego, incluso si ella no está verdaderamente interesada,
ella irá la siguiente vez con una compañera que, sucumbirá a los encantos de
usted.
Con Ginette, me decía entonces que no había ningún chance. No me había
portado bien el todo. Era normal, después de todo, que ella no se arrojara en
mis brazos luego de haber sido seducida por mi mejor amigo y haber
descubierto en ello mi complicidad. A la mañana siguiente: cuando la vi, le dije
amistosamente:
A pesar de lo que pasó ayer, sería bueno que fuésemos a tomar un vino, una
tarde, en compañía.

