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No como más con reglas de otro

A lo largo de los años, para mi sorpresa, me transformé en aceptablemente atlética. Hago ejercicio durante una hora por día aproximadamente, no para evitar subir de peso sino porque es la parte más agradable del día. Como resultado mi imagen del cuerpo ha cambiado. No soy flaca, pero soy fuerte, graciosa, con energía y con confianza en mi cuerpo.

¿Qué, de todo esto, se puede enseñar a los terapeutas? Espero que una cierta cautela —no prescríbirle a sus clientes más de lo que no ha funcionado en el pasado. Quizás podrían examinar su aceptación de las normas culturales, equiparando delgadez con salud mental y obesidad con disfuncionalidad.

Podrían intentar lomar una neutralidad hacia la obesidad preguntando acerca de si juega un rol negativo o positivo en la vida de sus clientes. Podrían prestar más atención a cómo comen sus clientes, más que a lo que comen, cuándo y cuánto. Podrían intentar abandonar las nociones preconcebidas acerca del paso perfecto de sus clientes. Si lo que conocemos acerca de la fisiología sirve como guía, alentar a los clientes excedidos de peso a ejercitarse contribuirá más a su salud física que alentarlos a realizar dieta.

Tal vez parezca que me he liberado completamente de nuestras obsesiones culturales con la delgadez. Pero a veces, lo admito, vacilo. No hace mucho, antes de mi boda un año atrás, estuve tentada de embarcarme en una dieta brusca para estar lo más delgada posible para los retratos nupciales. Cuando le dije a mi novio lo que estaba tramando, él me dijo:

“Se me ocurren dos cosas: una es que vos serás flaca para siempre, todo será perfecto y seremos felices para siempre”, él esbozó una leve sonrisa.

“La otra es que me casaré con alguien que no es una tabla”.

No perdí peso para mi casamiento y, cuando el día llegó, me sentí relajada y radiante. Pero cuando recibí las fotos, oí esa horrible voz nuevamente:

“Te ves gorda en esas fotos, gorda, gorda, gorda!”.

Luego pensé qué mágico había sido aquel día y las volví a mirar. Me veía un poco regordeta.

Soy un poco regordeta. ¿Y qué? Me veía bárbara. Me veía feliz.

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