Que son los milagros
¿Qué son los milagros?
JOAN WESTER ANDERSON
Un milagro es una maravilla, un rayo de poder sobrenatural que se inyecta a la historia … , abre un boquete en la pared que separa a este mundo del otro.
TIME, 30 DE DICIEMBRE DE 1991
Una encuesta realizada por Gallup en 1989 reveló que e183% de los norteamericanos creen en milagros, principalmente porque dichos acontecimientos sugieren que Dios existe y nos ama, y que nuestras vidas tienen un propósito. Pero el haber encontrado mis anillos en el jardín agudizó el interés sobre este tema. “¿Qué es un milagro?”, me pregunté. ¿Cómo sabemos cuándo ocurre uno?
Según el Dictionary Webster’s Unabridge, edición enciclopédica, un milagro se refiere a “un hecho o efecto que aparentemente contradice las leyes de la ciencia y, por tanto, se piensa que es debido a causas sobrenaturales”. Ya sea en forma elaborada o desprovista de ornamentos, la mayoría de los milagros son acontecimientos positivos, que se producen en forma sorpresiva y por lo general fuera del contexto de la vida cotidiana. “Si se lo puede explicar”, dice Betty Malz, autora de Los ángeles me cuidan, “no es un milagro”. Ni tampoco los milagros son fortuitos. El receptor en general tiene un sentido de la intervención deliberada de Dios, de un cambio y una respuesta.
Entre las diversas religiones del mundo, encontramos diferentes respuestas a los milagros. Por ejemplo, la Iglesia católica acepta su existencia, pero sólo cuando el acontecimiento desafíe las leyes conocidas de la ciencia. Además, las proclamas de milagros no son fáciles de verificar. Un caso clave es el santuario de Lourdes en Francia. Aunque ha habido miles de supuestas curaciones divinas realizadas allí, sólo 65 fueron las que pasaron los estrictos procedimientos de la Comisión Médica Internacional para ser declarados oficialmente milagros. Desde 1981, millones de personas han sido testigos de extraordinarios acontecimientos en Medjugorje, ex Yugoslavia, pero la Iglesia aún está investigando la situación sin emitir ningún comentario oficial. Es probable que esto se mantenga así durante muchos años.
Las confesiones protestantes difieren sobre los milagros. Algunas creen que Jesús curó a los enfermos, multiplicó los panes, ordenó que se calmaran las turbulentas aguas del mar sólo con el propósito de establecer su iglesia sobre la tierra y que después sus maravillas dirigidas desde el cielo cesaron. Martín Lutero en principio negaba la posibilidad de curaciones divinas así como de otros milagros, aunque después cambió de parecer. Juan Calvino, en la Reforma del cristianismo, escribió que tales dones “desaparecen a fin de hacer que la predicación de los evangelios sea por siempre maravillosa”.
Sin embargo, uno de los documentos de un plenario de teología, titulado “El ministerio y lo milagroso” afirma que un creciente número de confesiones ahora acepta que Dios hace hoy milagros, aunque “debemos en forma transparente estar preparados para someter nuestros reclamos … a la prueba empírica más rigurosa”, a fin de protegernos de charlatanes y engaños.
Esta visión es también más aceptada por cristianos más carismáticos. “En esta era de escepticismo, a menudo oigo decir a la gente: ‘Pero Dios ya no hace más milagros”’, escribe Harald Bredesen, pastor y autor de ¿Necesita un milagro? “Tengo buenas noticias para ellos. ¡Dios no ha dejado de hacer milagros!” Tal vez el hombre ha bloqueado la disponibilidad de milagros o las respuestas a sus oraciones, o lo que fuere, dice Bredesen, “al pensar en Dios, consciente o inconscientemente, en términos demasiado pequeños, por considerarlo sobre la base de nuestras propias limitaciones humanas”.
Los judíos creen también en los milagros. Según palabras del rabino Simon Greenberg, autor de Filosofía judía y modelo de vida,
“Dios no está sujeto a las leyes que El estableció para su universo. El sigue siendo el maestro indiscutido que puede obrar con ellas a su voluntad.”
Sin embargo, la fe de la persona no debe depender de lo milagroso, advierte el rabino Jack Riemer, presidente de la Asociación de Rabinos del área suburbana de Miami. “Los milagros son la decoración de la torta, pero, como dice mi mujer, Sue, ¡primero tenemos que cocinarla!”, agrega con una sonrisa. “Podemos orar por un milagro, pero se supone que debemos actuar, trabajar y comportarnos como si estos no existieran.” (La mayoría de los líderes cristianos estarían de acuerdo con esto.) Más prácticos, los judíos prefieren concentrarse en “los milagros que nos suceden todos los días”, las bendiciones de la belleza en lo cotidiano.
La visión del islamismo es similar. “Los milagros son concedidos por gracia de Alá, único Dios, no a través de nuestro poder”, dice el doctor Musa Qutub, presidente del Centro Islámico de Información de Estados Unidos. “Podemos pedir cualquier cosa, porque cualquier cosa es posible.” Y es en este ruego crece nuestra fe. “Nadie que extienda su mano hacia Alá jamás la volverá vacía”, explica el doctor Qutub.
¿Podemos “probar” los milagros? En general, no. Aun cuando las circunstancias parezcan sorprendentes, al final es mucho lo que el observador debe decidir por sí solo. Pero a veces reconocemos uno por nuestras propias reacciones -tal vez un estremecimiento leve en la boca del estómago, un escalofrío que nos recorre el cuerpo, un ataque de llanto o nuestro corazón que se eleva en silenciosa respuesta. Los milagros pueden también identificarse en la percepción tardía de los cambios positivos y a menudo profundos que se operan en nuestras vidas.
El “milagro de mis anillos” me cambió. Poco a poco se acrecentó mi deseo de pedir ayuda espiritual y buscar el plan que Dios tiene para mí, menos temerosa de no ser considerada “digna” de su ayuda. Sin embargo, no fue hasta 1992 en que escribí mi octavo libro, Por donde los ángeles caminan, que se abrió ante mí una nueva puerta a la comprensión de los milagros. Hubo personas que se sintieron tan conmovidas por las verdaderas historias de otros que fueron rescatados, consolados o tocados de una forma especial por un ángel que con gusto compartieron conmigo sus propias experiencias celestiales. (Algunas personas pidieron que sus nombres permanecieran en el anonimato. Señalo estos casos con un asterisco ["'l.) La mayoría escribieron en respuesta a mi libro o me hablaron después de que yo diera una charla. Otros llamaron a programas de la radio, donde me encontraba como invitada, en general, por teléfono.
Fue una experiencia conmovedora el quedarme sentada en silencio, en la oficina que tengo en mi casa, a veces hasta tarde por la noche, comunicándome con gente de todo el país, que estaba deseosa de hacer públicos sus encuentros con los ángeles. O de tomar conciencia del amor de Dios, reflejado en el rostro de un extraño que se acercaba a la mesa donde yo firmaba mis obras, o de aquel que con incertidumbre me abría su corazón en la sala de embarque de un aeropuerto. Todos los días surgían historias de tristezas que se transformaban en alegrías, de vidas llenas de nuevos horizontes, de búsquedas que llegaban a su fin, como deben terminar todas las que son exitosas, en los brazos del Padre.
Algunos de estos encuentros se producían a través de ángeles, otros a través de seres queridos que ya están en el paraíso. Respuestas a plegarias, curaciones inexplicables, las maravillas de la Naturaleza … ; en ocasiones, la historia contenía más que un ingrediente espiritual, siendo más difícil de categorizar, pero aún más placentera de escuchar. De la forma más esclarecedora, Dios parecía trabajar no sólo en santuarios, sino en todas partes. Las aventuras más grandes y profundas con El estaban teniendo lugar, no a los pies de un distante gurú, sino en las cocinas de nuestras casas, en nuestros automóviles, en nuestras comunidades de oración, siempre que los corazones se abrieran lo suficiente como para decir en un susurro: “Ven a nosotros, Señor, ven … ”
De pronto me fui dando cuenta de que tales acontecimientos eran demasiado preciados como para quedar escondidos en mis archivos. Mientras leía y escuchaba a la gente que los contaba, se hizo evidente que debería compartir muchas de estas experiencias en otro libro, uno que no sólo tratara sobre ángeles, sino también sobre la fe y el amor … y sobre los milagros. El terreno que Dios, con tanto amor, había preparado en el jardín del fondo de mi casa estaba por fin dando sus frutos.

