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Bendiciones dobles

No existen errores, ni coincidencias. Todos los acontecimientos son bendiciones que se nos dan para que podamos aprender.

 

DOCTORA EUSABETH KÜBLER-ROSS, PSIQUIATRA y AUTORA

 

 

Como muchos hombres de su generación, Richard Slade se presentó como voluntario en Vietnam en el momento de mayor tensión del conflicto. Participó de dos ataques aéreos con helicópteros, pero debió escapar al ser herido. Cuando finalmente regresó a su casa, su familia dejó escapar un suspiro de alivio colectivo y dio las gracias. Los problemas de Rick habían terminado.

En realidad, acababan de comenzar. Aunque pasarían muchos años antes de que comprendiera plenamente el impacto del agente químico “Naranja”. Mientras tanto, Rick se casó, formó una familia, enseñó mecánica de vuelo y se alistó en la Guardia Nacional. En el verano de 1991, la Guardia le ofreció un trabajo en Alemania como piloto de pruebas en un establecimiento de reparación de helicópteros. Era el trabajo de sus sueños.

-Antes de que Rick y su esposa, Shirley, partieran para Alemania, él se quejaba mucho de dolores de estómago -recuerda su hermana, Pam Wallen-. Pensó que se le estaba produciendo una úlcera. Pero recientemente se había hecho las pruebas físicas de vuelo y no había aparecido nada.

Sin embargo, no habían pasado más que unas pocas semanas desde que llegara a Alemania, cuando una mañana se doblaba por los dolores.

-¡Algo me explotó en el estómago! -dijo llorando a un amigo, que lo llevó de inmediato al hospital. Después de unas horas lo operaron, pero los médicos no encontraron una úlcera perforada. Tenía cáncer en todo el estómago, hígado y colon. Después, los médicos descubrieron que también tenía tomada la médula ósea.

El cirujano extirpó el 90% del estómago de Rick, en un intento de mantenerlo con vida el tiempo suficiente como para poder someterse a quimioterapia. Fue honesto con Rick. Vietnam no lo había matado en forma directa. Pero los efectos a largo plazo de la guerra química, finalmente, lo habían alcanzado. No había cura para este tipo de cáncer. La condición de Rick era terminal.

Pam se vio devastada con la noticia. Su suegra acababa de morir de cáncer y ahora su adorado hermano lo padecía. Siempre había creído en el poder de la oración, aunque “jamás había recibido un gran milagro”, dice ella. En realidad, era difícil imaginar que esta clase de cosas pudieran sucederle a personas comunes como ella, como Rick. Cuando Pam rezaba por alguien con cáncer, ahora agregaba una oración por su hermano. Cuando Rick regresó al hospital Sam Houston de San Antonio para comenzar el tratamiento, su sensación de desesperación se hizo mayor.

Entonces, un domingo, Pam fue invitada a un servicio de oración por su amiga Carol. Los médicos habían encontrado un tumor que probablemente era maligno y Carol se sometería a cirugía al día siguiente.

-Carol fue la primera maestra que me enseñó la Biblia y que en realidad me enseñó a rezar -explica Pam-. Yo no esperaba un milagro, en realidad, pero deseaba darle apoyo. De modo que fui.

Sintió que el servicio era muy conmovedor. Más de cien amigos y familiares estuvieron allí. Carol estaba sentada en una silla, con su nieto bebé en brazos, mientras que la gente la rodeaba en un círculo. Cantaron, leyeron las Escrituras, alabaron y dieron gracias a Dios por todo el bien que El había traído en esta situación, impusieron las manos sobre Carol y la ungieron con óleo. Pam sintió que las lágrimas se agolpaban en los ojos, cuando se hizo este antiguo ritual lleno de gracia. Esto era lo que la Biblia nos dijo que hiciéramos cuando nos golpeaba la enfermedad. A través de los siglos, sus hermanos espirituales lo habían hecho y la cura había venido. ¿Por qué entonces y no ahora?

Dios, dijo Pam en silencio, he estado rezando, pero esta noche te pediré más, te pediré milagros. Te pido uno por Carol porque esa es la razón de que esté aquí. Pero te hago otra petición por Rick. Con Dios, no había ni tiempo ni espacio, ella lo sabía. Si El podía aquí curar a Carol, El podía ciertamente sanar a un hombre en la sala de oncología de Texas.

El lunes se corrió rápido la voz por el vecindario. El médico de Carol se había llevado una sorpresa. El tumor de Carol no sólo era benigno, sino que de alguna forma se había hecho tan pequeño que, después de todo, no requirió cirugía.

-Estábamos dichosos y recuerdo haber pensado que teníamos nuestro milagro -dice Pam. Casi me olvidé de Rick-. Después de todo, la gente no obtiene dos milagros.

Sin embargo, el martes por la noche, Rick llamó por teléfono. Hacía por lo menos un mes que él y Pam no hablaban, pero cuando Pam oyó su voz, su corazón casi se detiene.

-Tengo una noticia para ti -dijo lentamente Rick.

Dios, ¿es posible…? Ella lo sabía, pero tenía miedo de hablar.

-Pam, mi cáncer está en una remisión completa. No hay nada… nada. Incluso me tomaron una muestra de médula ósea de la cadera. ¡De repente no hay señales del cáncer! Los estudios están limpios. Los médicos no pueden creerlo.

-Rick, fui el domingo a un servicio de curación y pedí un milagro por ti… -Ahora, a cada minuto, ella lloraba por lo maravilloso de aquello.

Del otro lado de la línea se produjo el silencio.

-También lo hizo la tía de Shirley -dijo por fin Rick-. Pam, creo que estoy curado.

Pasaron algunos años desde aquella noche maravillosa. Rick, a quien le dijeron que no levantara pesos por las consecuencias de la operación, ahora está arreglando su camioneta Ford 1949 y disfruta luchando con su nieto. ¿Y Pam? Ella aprendió a pedir ya esperar grandes cosas de Dios. Además se encuentra siempre pronta a transmitirle a la gente la razón

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