Círculo de amor
Recuerden el sueño del Padre y el cuidado que tuvo en crear un mundo para sus hijos. Pero lo principal de todo, recuerden que cada vez que lo alaben, cada vez que el corazón de ustedes esté con el otro, estarán reflejando su luz.
MAX LUCADO, EL LECTOR CRISTIANO
SEPTIEMBRE/OCTUBRE DE 1992
Era el mes de noviembre de 1991 cuando Dianne Mistelske comenzó a sentir los síntomas de malaria. No estaba muy asustada, sólo preocupada de que su activo ritmo de vida como esposa, madre y trabajadora de la organización Hábitat para la Humanidad se viera temporalmente interrumpida.
-Al haber tenido malaria a menudo cuando era misionera en Tanzania, sabía que uno comienza a sentirse mejor poco después de comenzar el tratamiento -dice ella. De modo que fue al hospital por cinco días y luego fue enviada de regreso a su casa, supuestamente, camino de su recuperación.
La “casa”, sin embargo, no era una ciudad o barrio común de los Estados Unidos, la vida burguesa norteamericana, sino, en lugar de ello, era Botswana, en África. Dianne, después de graduarse en la facultad, había trabajado para una organización misionera en Minneapolis. Allí había conocido al que sería su marido.
-John finalmente se alistó en las Fuerzas de Paz y se fue a Botswana durante dos años -dice Dianne-. Cuando regresó, nos casamos y decidimos ir al extranjero juntos. -La pareja fue enviada a África, por otros dos años.
-Pero aquí existe un dicho que afirma que una vez que uno se pincha con una espina en África, uno lleva a África en la sangre -comenta Dianne con una sonrisa. Ella no sabía que el breve acuerdo con las Fuerzas de Paz se transformaría en un compromiso de por vida.
Lo fue, pero no hasta después de que los Mistelske hubieran terminado con su recorrido y regresaran a enseñar a una escuela misionera de Nuevo Méjico. No obstante, extrañaban tanto África que regresaron con varias tareas, finalmente estableciéndose en Botswana como directores del proyecto Hábitat para la Humanidad, una organización filantrópica mundial con base en Georgia que proporciona casas a los necesitados.
También, entre 1984 y 1988, se transformaron, de una familia de dos, en una de siete.
-Cuando me dijeron que era probable que no concibiera, recibimos la bendición de adoptar a dos niños africanos -dice Dianne. Poco después, Dianne quedó embarazada… dos veces. Finalmente, un tercer hijo adoptado completó aquel hogar.
De modo que aquella vida plena y llena de actividad era la que Dianne esperaba reanudar tan pronto como se curara su malaria. Su trabajo de contabilidad, así como la selección de familias para ser dueñas de las casas de Hábitat, ya estaban atrasados y ella estaba ansiosa por ponerse al día. No obstante, la enfermedad de una semana se extendió a dos, después a tres. Dianne se sentía cada día más débil y una mañana su piel se tornó de un color amarillento para nada saludable. La malaria la había llevado a una seria hepatitis.
Tres semanas más en el hospital fueron seguidas por dos meses más en la casa. Intentaba reanimarse, pero aún se sentía exhausta y tenía dolor en el hígado.
-Mucha gente que había tenido hepatitis me tranquilizaba afirmando que la recuperación podía ser lenta -dice Dianne-, y yo me esforzaba por mantener las responsabilidades de la familia, la casa y el trabajo. Sin embargo, cada día sentía que escalaba una montaña. Los dolores y la fatiga continuaban.
El médico de Dianne regresó a los Estados Unidos en julio y agosto, de modo que Dianne no se hizo los habituales estudios del hígado. En ese lapso sintió como si estuviera retrocediendo y cada día se le hacía más difícil hacer algo. Finalmente, en septiembre, fue a ver a un especialista.
-Deberá ir a Johannesburg para hacerse más estudios -dijo el especialista.
-¿Tengo problemas? -preguntó Dianne.
-Su estado puede ser causado por una hepatitis crónica, por un tumor, por cáncer o por problemas secundarios de una artritis reumatoidea -le dijo con amabilidad-. Pero, sÍ. Usted padece de una disfuncionalidad del hígado. Y eso es muy serio.
Dianne y John siempre creyeron en el poder de la oración. Y ahora lo pusieron en práctica. Las llamadas telefónicas a su familia y amigos, a la comunidad de la iglesia y al personal de Hábitat para la Humanidad en los Estados Unidos fueron las primeras.
-Recen -aquella palabra cruzó el mundo, llegó a toda la gente de las pequeñas ciudades donde los Mistelske habían trabajado y servido a los demás-. Alboroten al cielo. Ahora es nuestro turno de ayudar a Dianne.
Después vinieron los vecinos, musulmanes e hindúes, algunos maestros, voluntarios del proyecto de Hábitat, el trabajador social que había encontrado a su hija adoptiva, los comerciantes que todos los días la saludaban con cariño, los niños del lugar. Mientras se preparaban para partir hacia Johannesburg, John y Dianne sintieron que estaban rodeados de amor, que los alentaba y los llenaba de coraje. Sabían que con aquello podrían enfrentarse a cualquier eventualidad. Dios y su gente estaban con ellos.
Durante una semana en Johannesburg, Dianne se sometió a todos los estudios que pudieran imaginarse. No se encontraba nada malo. Nada en absoluto.
-Su hígado está completamente sano -le dijo finalmente el médico.
-¿Cómo es posible? -le preguntó, con las lágrimas que le corrían por las mejillas.
Este se encogió de hombros.
-No tengo explicación.
-Sé que Dios me ha curado por una razón y rezo por poder discernir cómo seguirlo y amarlo mejor -dice Dianne, ya en actividad en Botswana y ahora rebosante de salud-. Me siento totalmente asombrada cuando me doy cuenta de cuánta gente hermosa compartió este milagro.
Porque esto es también un milagro. Uno menos notable, tal vez, pero no menos importante. Ya que, por un tiempo, la oración se extendió por todos los confines, se quemó incienso, se elevaron toques de tambor y cánticos; alguna gente pidió a Dios calzada con sandalias y envuelta en chales, otros leyeron la Biblia, algunos rezaron el rosario, otros encendieron velas y elevaron las manos al cielo, todos los colores, todas las creencias, y todo por Dianne, todos unidos.
Tal vez es sólo el comienzo de lo que podría ser…

