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El milagro de Miguel

El tiene sus razones para hacer lo que hace y algún día nos lo explicará.

 

EMIDIO JOHN PEPE, LECTOR DE ASTORIA, NUEVA YORK

 

 

En 1956, Catherine Webb comenzó su batalla contra el cáncer. Primero fue una histerectomía, después una doble mastectomía, seguida de varios tipos de cáncer de piel. Resultó traumático y “sin mi maravilloso cirujano, dudo de que me hubiera recuperado tan bien como lo hice”, dice Catherine. En 1983, sin embargo, su médico murió.

Un año más tarde, Catherine comenzó a tener nuevos síntomas y los médicos que la atendían la internaron para hacerle estudios. Finalmente, los tres se acercaron a su cama en el hospital con rostros sombríos. Catherine tenía ahora cáncer de colon e hígado. Recomendaban la cirugía, seguida de quimioterapia y rayos.

Catherine rehusó.

-Hay un momento en que uno debe decir simplemente “es suficiente” -le dijo a los médicos.

Estos se enojaron por su testarudez.

-¿Qué es lo que hará? -le preguntó uno-. ¿Cómo manejará esto?

Era una buena pregunta. Catherine no lo había pensado, aún se estaba recuperando de la impresión provocada por este devastador diagnóstico final, pero respiró profundo.

-Si se me extendió al hígado, entonces ya no hay más nada que se pueda hacer médicamente -dijo tranquila-. Aunque tengo una profunda fe en Dios. Yeso, más el vivir mi vida día a día y mantener mi sentido del humor, deberían mantenerme ante cualquier eventualidad que me esperara.

El segundo médico negó con la cabeza.

-Tiene menos de un año de vida, tal vez sólo seis meses -le dijo.

-Mayor razón aún para no someterme a estos tratamientos -respondió Catherine. Ya estaba pensando en las alternativas. Quizás una enfermera podría ayudarla en los días que le quedaban de vida.

Catherine regresó a su casa, enferma, con dolores y muy débil.

-Mis enfermeras fueron maravillosas -dice ella-, pero debían hacer casi todo por mí. -Sus energías desaparecieron y su mundo se redujo a la distancia que había entre un sillón en la sala y la cama. En un momento entre diciembre de 1984 y junio de 1985, ella moriría. Rezaba mucho para poder enfrentar el momento con coraje.

Una mañana, varias semanas después de su diagnóstico, la enfermera de Catherine le trajo la correspondencia. Cuando la mujer le abrió una carta, algo se cayó del sobre.

-Mire esto -le dijo, alcanzándoselo a Catherinc.

Había un panfleto y una pequeña medalla de San Miguel de Todos los Santos. Catherine jamás había oído hablar de él. El panfleto decía que era el patrono de los enfermos de cáncer y que las oraciones que allí aparecían impresas debían decirse con la esperanza de curarse de esa terrible enfermedad.

¿Quién se lo había enviado? La dirección estaba escrita a máquina y no tomada de un banco de datos, y el sobre tenía un remitente de un tal padre Anthony, de un monasterio de Baltimore. No había ninguna carta. Catherine jamás había oído hablar del padre Anthony tampoco, pero obviamente él sí sabía de ella. O tal vez algún amigo le había enviado su nombre.

Era, por supuesto, demasiado tarde para Catherine, aunque la idea de pedirle a un santo especial que intercediera por otros pacientes de cáncer la atraía. En las semanas siguientes, pensó en San Miguel y rezó por la gente enferma de todo el mundo, siempre que podía.

Una mañana Catherine se despertó temprano. Se sentía extraña, como si una energía especial le recorriera el cuerpo. Aunque no había caminado sin ayuda en semanas, se levantó y temblorosa se dirigió al baño. Para cuando llegaron las enfermeras, ella ya estaba de vuelta en la cama.

-No se moleste -despidió a una con una señal alegre-. Ya fui al baño sola.

-No haga bromas -dijo la enfermera sonriendo.

-Miren la luz encendida -le dijo Catherine-. Sabía que no me creerían, de modo que la dejé encendida.

Las dos enfermeras fueron al baño. La luz estaba encendida.

-¿Cómo hizo eso? -le preguntó una, asombrada. Catherine se rió.

-Sinceramente no lo sé.

Al día siguiente, Catherine se sintió aún más fuerte. Poco a poco, sus síntomas desaparecieron y pudo hacer la mayor parte de su cuidado personal. ¿Se había curado? Cuando el médico la examinó unas semanas después, Catherine tuvo una sorpresa aún mayor.

-No ha habido cambios -le dijo el médico-. Todos los tumores están allí. Pero… parece que dejaron de crecer.

-¿Entonces está en remisión?

El médico no contestó. El sabía, y Catherine también, que en su caso una “remisión” era imposible. Catherine se sentía bien. En realidad, poco después ya no necesitó de las enfermeras.

Hoy, nueve años después, Catherine lleva una vida muy activa. Los estudios aún muestran cáncer en todo el hígado y colon, pero ella ni toma remedios ni hace tratamientos. Sufre cuatro o cinco “períodos malos” por año, dice, “de modo que me meto en cama, rezo hasta que se me pasa, me levanto y sigo adelante”. El resto del tiempo, visita a enfermos de cáncer y predica la palabra de San Miguel.

-La gente se acerca a mí de las maneras más inesperadas y después me entero de muchas curas y remisiones. Incluso aquellos que se mueren lo hacen con muchísima paz. No sé por qué Dios me ha metido en esto, pero le estoy agradecida de poder hacerlo por El.

Y Catherine también está agradecida por algo más. Después de darse cuenta de lo que le había sucedido a ella, envió su historia y una carta de agradecimiento al padre Anthony de Baltimore. “Estoy tan contenta de que me enviara el panfleto con la medalla…”, le escribió. “Como ve, ¡hice un buen uso de todo eso!”

El padre Anthony le contestó la carta, jubiloso de la noticia de Catherine. “Sin embargo”, agregó, “creo que debe saber que nosotros jamás oímos hablar de usted, usted no está en nuestra lista de correspondencia, no tenemos registros de que le hayamos enviado algo o hecho alguna petición especial. Dios trabaja de manera misteriosa, ¿no le parece?”

Catherine, desde luego, estuvo de acuerdo con eso

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