La verdadera acción de gracias
Y aunque llore porque aquellas velas estén destrozadas, mas aún lloraré, cuando mis mejores esperanzas queden despedazadas,
i Yo creo en Ti!
ELLA WHEELER WILCOX
Era el Día de Acción de Gracias de 1988. Los hijos y nietos de Jane y Alban Theriault estaban en su casa de Lewiston, Maine, para celebrar, tanto en francés como en inglés (la familia siempre habló los dos idiomas). Alban sacó del horno un enorme pavo, lo colocó sobre la mesa de la cocina, juntó los jugos de la carne y los volvió a rociar.
Justo en aquel momento, la nieta de nueve años de los Theriault, Kari, se asomó por la puerta.
-Pepere, ¿te ayudo? -preguntó.
-Ten cuidado, querida -comenzó a decir Alban, pero para su horror, la grasa hirviendo saltó del recipiente que tenía en la mano y salpicó todo el rostro de Kari.
-¡Oh, no! -exclamó cuando la pequeña gritó de dolor. De todas las habitaciones de la casa, apareció gente.
Kari estaba muy quemada. El jugo de la salsa le había salpicado el mentón y la mitad de la boca, además de escaldarle la lengua. También había caído líquido sobre el pecho y, como su vestido estaba hecho de nailon, aquel calor elevado la había quemado aún más profundamente.
La madre de Kari, Christine, que era enfermera, decidió no llevar a su hija, presa de la histeria, al hospital. Hizo por Kari todo lo que en una sala de guardia habrían hecho; después la acostó en la cama de Alban y Jane.
-Kari lloró durante horas -recuerda Jane-. Su piel se abrió y le colgaba del mentón. Las quemaduras sobre el pecho estaban en carne viva. Fue el peor Día de Acción de Gracias que cualquiera de nosotros pudiera haber tenido.
Tal vez Alban era el más abatido. ¿Cómo había permitido que esto sucediera? Kari tendría cicatrices de por vida y, cada vez que se mirara al espejo, culparía a su abuelo. Eso era más de lo que este hombre tranquilo y gentil podía soportar.
El viernes y sábado, el dolor de Kari fue en aumento. La lengua estaba muy quemada y tenía pegados los labios. El único alimento que recibía era a través de una bombilla. Su rostro fue de mal en peor. Jane y Alban tenían cuatro entradas para el servicio de curación del padre Ralph DiOrio, del domingo en Worcester.
-¿Por qué no llevamos a Kari para que el padre pueda orar sobre ella? -sugirió Jane. Christine estuvo de acuerdo.
Habitualmente hay miles de personas en este tipo de servicios y el control del público es imperativo.
-Nadie puede llegar al padre DiOrio a menos que él lo llame -explica Jane. Pero Jane no podía esperar para eso. Cuando el sacerdote abandonó el escenario para bendecir a la gente en los palcos, Jane tomó la mano de Kari, fue al otro extremo del pasillo, salió y dio la vuelta al edificio; después entró, justo adonde él se estaba aproximando.
Se acercó un acomodador, presumiblemente para decirle a Jane que estaba entorpeciendo el paso y que debería irse.
-Pero yo oía que el padre se estaba abriendo paso entre la multitud y cuando bajó unos escalones, le tendí a Kari hacia donde estaba -recuerda.
El padre DiOrio se detuvo.
-¿Qué fue lo que le sucedió? -preguntó a Jane.
-Se ha quemado con una salsa caliente, padre.
El sacerdote tomó el santo óleo de su bolsillo, tocó las heridas de Kari con él, y oró por su curación. Jane comenzó a agradecerle a Dios. Tenía la certeza de que todo estaría bien.
A la mañana siguiente, cuando Kari se despertó, dijo,
-Tengo hambre, mami. ¿Puedo comer algo que sea comida? Christine la miró. Su rostro y el pecho en carne viva no parecían estar nada mejor.
-Kari, sabes que no puedes comer -le recordó.
-Mami, estoy bien. De verdad, no me duele nada.
Kari tomó un enorme desayuno, de modo que Christine consintió en enviarla al colegio. La maestra y los compañeros de Kari se horrorizaron al ver sus heridas y ella se pasó el día explicando lo que le había sucedido. El martes, extrañamente las heridas parecieron comenzar a cerrarse. El jueves, cuando Kari se levantó, su madre dio un grito.
-¡Kari! ¡Mírate al espejo!
Kari así lo hizo. Ninguna de las dos podía creer en lo que veía. La piel de Kari era lisa y perfecta. No había ninguna cicatriz, ni siquiera quedaba una ampolla que mostrara dónde se habían producido las quemaduras. Su maestra y amigos también se asombraron. ¿Cómo unas heridas tan terribles podían simplemente desaparecer?
Esa semana, Alban Theriault llevó a Kari con él a la reunión de oración. La tenía en brazos, con lágrimas de alegría que le corrían por las mejillas y su destrozado corazón ya aliviado. Y Jane, también, explicaba este maravilloso acontecimiento.
-Lo interesante del caso fue que por “casualidad” nosotros teníamos cuatro entradas para el servicio de curación -dice con voz meditativa-. y más interesante aún que Dios hiciera desaparecer primero el dolor de la niña, lo que le permitió ir al colegio, donde muchos fueron testigos de las heridas.
Días más tarde, todos vieron que el rostro de la niña estaba perfectamente recuperado y sabían que Dios lo había hecho.

