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Manos que ayudan

Y todos ellos, aunque alabados por su fe, no consiguieron

el objeto de las promesas. Dios tenía ya dispuesto algo mejor….

 

EPISTOLA A LOS HEBREOS 11 :39-40

 

 

Wilma Phillips ha sufrido de diabetes desde que tenía veintitrés años. A pesar de varios episodios graves, siempre se sintió protegida.

Una mañana, Wilma despidió a sus hijos de nueve y ocho años cuando partían en ómnibus hacia el colegio, colocó a su hijo recién nacido, Robby, en la cuna ya Susan, de diecinueve meses, en el corralito. ¡Ah! Un momento de tranquilidad para escribir una carta. Wilma se sentó a la mesa de la cocina, pero a las nueve y media veía doble, se sentía mareada y sudaba. Wilma sabía que estaba sufriendo una reacción inesperada y peligrosa de la insulina, y era necesario que bebiera un zumo de naranja o comiera algo para aumentar el nivel de azúcar en la sangre. Su suegro, que era médico, a menudo le recordaba que esta situación podía llevarla a sufrir un coma diabético, con peligro de muerte. Pero estaba sola con los bebés, y demasiado débil como para llegar a la nevera. Además sería tan bueno tenderse allí y dormir…

-De repente, sentí que una mano me tomaba del hombro derecho y me sacudía tan fuerte que me senté -dice ella. ¿Había su marido, Robert, llegado a casa de forma inesperada? No había nadie en la cocina. Después de unos instantes, volvió a desplomarse. Y nuevamente, ¡la mano que la sacudía!

Esto continuó. Wilma seguía cayendo en lapsos de inconsciencia, pero seguía siendo levantada y empujada por un guardián invisible. Como si fuera desde muy lejos, oía a Susan, por momentos, quejarse desde su corralito, con hambre ya que quería almorzar. Después de un rato la niña se calmó. Robby durmió todo el tiempo, a pesar de no haberle dado el biberón ni cambiado los pañales.

Las horas pasaron. A las cuatro y cuarto, los niños mayores regresaron. Wilma aún estaba sentada y consciente.

-¡Mami! -gritó uno asustado. La otra corrió a buscar el zumo de naranja.

En lugar de estar en coma o con muerte cerebral, Wilma estaba bien, aunque su suegro cree que tal recuperación habría sido imposible. ¿y por qué no habían llorado los bebés?

-Estoy segura de que Dios envió a sus ángeles aquel día a mi casa -dice Wilma.

Días después, la familia fue desde su granja en Iowa hasta Wisconsin Dells, para pasar un fin de semana largo. Se quedaron el viernes por la noche en un pequeño pueblo. A la mañana siguiente, Wilma se preparó para aplicarse la insulina, pero no pudo encontrarla.

-Recordé que mi maletín estaba sobre la mesa del comedor de casa -dice ella. ¿Se la había olvidado allí?

-Iremos a una farmacia y compraremos lo que necesites -la tranquilizó Robert.

Era la mañana del sábado temprano y ningún lugar estaba abierto. La familia siguió viaje, pero el automóvil comenzó a hacer unos ruidos raros. ¿Qué sucedería si se averiaba en medio de esta ruta en pleno campo? ¿Y qué sucedería si Wilma no conseguía rápidamente insulina?

Justo en ese momento, Wilma oyó una voz clara que decía: “Te daré todo lo que necesites en Reedsburg”, le dijo -¿Oíste eso? -le preguntó a Robert.

-¿Oír qué?

Wilma no sabía qué decir. ¿Le causaba la falta de insulina alucinaciones? ¿Y dónde estaba Reedsburg?

Estaban llegando a un pueblo.

-Tal vez haya algo abierto aquí -dijo Robert.

-No -se oyó a sí misma contestar Wilma-. Esto no es Reedsburg.

-Wilma, ¿de qué hablas? -le preguntó Robert un poco exasperado.

Pero Wilma tenía razón. Todo estaba cerrado y Robert siguió camino. El automóvil aún hacía ruidos raros, los niños tenían hambre y Wilma aún tenía miedo. Entonces, pasaron junto a un cartel que decía ¡Reedsburg!

Más adelante había una estación de servicio con el negocio abierto. Estacionaron y el empleado revisó el automóvil. Era un problema sin importancia y mientras lo arreglaba, Robert le explicó que Wilma sufría de diabetes y que no tenía insulina.

-La farmacia aún no está abierta -le explicó el empleado-, pero seguramente conseguirá que se la apliquen en el hospital. -Le dio instrucciones y Robert rápidamente partió hacia el hospital. Sin embargo, dos o tres kilómetros más adelante, se dio cuenta de que estaban perdidos.

Ahora, Wilma estaba preocupada. Los niños habían deseado hacer este viaje y ella no quería arruinárselos. Dios, rezó en silencio, si lo que oí eras Tú, por favor ayúdame…

Justo en ese momento apareció un coche.

-¿Sabe dónde está el hospital? -le preguntó Robert a la conductora.

-¿Hay alguien enfermo? -preguntó la mujer.

-Mi esposa necesita insulina… -comenzó a explicar Robert, pero la mujer lo detuvo.

-Estacione -dijo ella-. Yo soy diabética y tengo en casa todo lo que necesita.

Giró rápidamente, desapareció y en unos minutos volvió a aparecer con la marca correcta de insulina, así como también con una jeringa desechable. En minutos, Wilma se sintió mejor. La familia encontró un restaurante, después una farmacia para comprar más insulina. Así pudieron seguir para encontrar alojamiento cerca de Dells.

Como todo resultaba demasiado costoso, Wilma recordó las palabras que había oído.

-Volvamos a Reedsburg -sugirió. Así lo hicieron y encontraron una habitación grande que podían pagar.

¡Finalmente! La familia dejó las maletas en la habitación y partió hacia Dells.

-Espera, necesito algo de mi maleta -le dijo Wilma a Robert.

La abrió y allí estaba la bolsa con medicamentos que le faltaba-. Sé que antes no estaba allí cuando busqué -dijo ella. Sin embargo, Dios le había prometido proveerla de todo lo que necesitara y así lo había hecho, a su manera.

La congregación de la Asamblea de Dios a la que pertenece Wilma a menudo reza por la salud de las personas. Sin embargo, Wilma no fue curada de su diabetes. ¿Se pregunta ella la razón?

-Sé que Dios desea que todos seamos físicamente sanos -dice ella-, pero a veces hay otras cosas que El también desea para nosotros. Creo que mi estado de salud ha hecho que esté muy cerca de El, que dependa en todo de El. Esto me trae paz y me hace sentir libre de miedos, y tal vez esa es la mejor curación de todas.

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