Un corazón misericordioso
¿Debe un hombre alimentar odio contra sus hermanos y esperar que el Señor lo sane?
SIRACH 28:3
La gente llama a Paul Musielak el “Hombre del milagro”, ya que no sólo recibió una curación milagrosa, sino dos. En julio de 1981, Paul, un hombre sano y normal de veintiún años, comenzó a tener síntomas extraños. Estaba algo enfermo cuando su médico lo envió a hacerse unos estudios al Centro Médico Northwest, de Houston. Unos días después, Paul quedó paralítico y ciego.
-Creemos que su hijo tiene meningitis espinal -le dijeron los médicos a los padres de Paul. Sin embargo, a pesar del tratamiento, el estado de Paul siguió siendo el mismo y finalmente este diagnóstico quedó descartado. Los médicos, desconcertados, lo enviaron al Hospital General de Sharpstown para consultar a un notable neurooftalmólogo.
-Todos los días, la madre de Paul, yo, o cualquiera que lo visitara, orábamos juntos por su curación -dice el padre de Paul, Richard. Pero nada sucedía. Paul seguía sin poder ver ni moverse. Finalmente, Richard llamó a un sacerdote amigo y una noche, cuando los dos hombres estaban en la habitación, oraron junto a Paul.
Paul no recuerda mucho de aquella noche. Aunque sí recuerda al sacerdote.
-El me dijo que me imaginara a Jesús en mi mente -dice Paul-. y así lo hice. Lo siguiente que supe fue que yo iba por un túnel, como si fuera un calidoscopio de colores, hermoso, brillante y lleno de luz… Y al final, vi a Jesús.
Aunque consciente, Paul cayó en una paz profunda. Poco tiempo después, cuando su padre lo llevaba al baño, se dio cuenta de que se sentía mejor. Dos días después, dejó el hospital sin ningún signo de parálisis y su visión volvió pronto a ser normal.
Su familia jamás descubrió qué extraña enfermedad había atacado tan seriamente a Paul, pero todos estaban dichosos y agradecidos por su recuperación. Eso, sin embargo, iba a ser sólo el primer milagro.
Dos años después, un viernes por la noche, Paul estacionó en la playa de un centro comercial, bajó del coche y de pronto fue golpeado en el rostro con un palo, no una vez, sino varias. Aparentemente estaba en medio de una pelea con unos jóvenes que, sin provocación alguna de su parte, lo golpeaban sin compasión.
-¡Vayámonos de aquí! -dijo uno de ellos cuando Paul cayó al suelo. Fue lo último que recordó.
Richard Musielak estaba en la cama cuando recibió una llamada de la policía.
-Su hijo está en el hospital -le comunicó alguien-. Será mejor que vaya.
Richard corrió al hospital e impresionado se detuvo en la puerta de la habitación de su hijo, casi incapaz de mirar aquel rostro terriblemente lastimado.
-Los ojos de Paul estaban desorbitados, inflamados, sangrando, y nadie sabía si su vista iba a quedar dañada para siempre -dice Richard-. Tenía contusiones múltiples. Las radiografías mostraban fractura de cráneo y posible fractura del tabique nasal y del hueso orbital. Los médicos sospechaban que hubiera daño cerebral. Era un desastre.
-Paul, ¿quién te hizo esto? -preguntó Richard horrorizado, casi temeroso de tocar el cuerpo ensangrentado que estaba sobre la cama. Pero Paul no podía darle información y tampoco la policía. Los testigos suponían que Paul había sido parte de la pelea, a pesar de que nadie en realidad sabía lo que había sucedido.
Sin aliento y frustrado, Richard se fue a su casa. Y mientras conducía su coche, una rabia enorme comenzó a apoderarse de su espíritu. El encontraría a quien había hecho eso. Encontraría a los mal vivientes que le habían hecho esto a su amado hijo y entonces… Las imágenes de él mismo, con un bate de béisbol en la mano, persiguiéndolos, rompiéndoles las rodillas antes de entregarlos a las autoridades, le aceleró el corazón. Su esposa estaba destrozada, de modo que cuando llegó a la casa, la tranquilizó cuanto mejor pudo. Después se acostó sin poder dormir lo que quedaba de la noche.
Al amanecer, los planes de Richard habían tomado forma. Comenzaría a colocar carteles sobre postes que estuvieran cerca de donde se había cometido aquel crimen. Después caminaría por las calles, pagaría a quien pudiera conocer a gente que hacía aquellas cosas. A lo largo del día, su rabia fue creciendo, en especial a la tarde, cuando volvió a visitar a Paul. Su hijo estaba igual. Los médicos no tenían ninguna noticia alentadora.
La madre y los hermanos de Paul estaban devastados. Alguien visitó a Paul y rezó por él. Richard no tuvo tiempo para rezar. El tenía otro tipo de misión.
A la mañana siguiente, domingo, Richard fue solo a misa, pero prestó poca atención al altar. Su mente estaba concentrada en el trabajo que tenía por delante. Encontrar a los malvivientes. Golpearlos. Pagarles con la misma moneda por lo que le habían hecho a Paul…
Lentamente, Richard se dio cuenta de que el sacerdote estaba diciendo la homilía. Irónicamente, esta trataba el tema del perdón. Hoy no, dijo Richard, casi en voz alta. Eso fue lo último que debió de oír.
Pero el mensaje lo envolvió, lo penetró hasta su misma alma. El sacerdote predicaba sobre el evangelio de San Mateo 5:23-24: “… si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda.” Las palabras le eran familiares. Richard las había oído desde niño y siempre había creído comprenderlas y obedecerlas. A pesar de ello, esto era diferente.
Seguro que Dios no se refería a él. No ahora, ¡en esta situación! No podía absolver a aquellos hombres, ¡ellos merecían su castigo! Sin embargo… ¿no sabía él que un corazón sin misericordia bloqueaba la curación? Sí, necesitaba ser sanado de su rabia, para abandonar sus planes de venganza. En definitiva, nada bueno podía sobrevenir de aquello. ¿Cómo ayudaría a Paul, a su esposa o a su familia si él, Richard, era arrestado por un crimen? Pero ¿cómo podía él dejarlo pasar?
Bajó la cabeza. Dios ayúdame, rezó. No deseo perdonar, no deseo perdonar. Pero si Tú me lo pides, yo… No olvidaría, lo sabía. El perdón no funcionaba de esa manera. Era un acto de voluntad, no de emociones. En lugar de ello, recordaría, viviría con los sentimientos, con el recuerdo, con las cicatrices en el rostro de su hijo y, de todos modos, perdonaría.
Richard no se sintió mejor cuando salió de la iglesia y partió hacia el hospital para visitar a Paul. Cuando bajó del ascensor, sin embargo, una enfermera lo estaba esperando.
-Señor Musielak, no sabemos cómo explicarle -comenzó a decir.
-¿Explicarme qué?
-Es Paul. El…
-¡Paul! ¿Ha empeorado? -Richard corría por el pasillo rumbo a la habitación, cuando se detuvo de golpe.
Paul estaba sentado en la cama, con el rostro casi perfecto. No tenía contusiones, ni siquiera una escara marcaba sus rasgos. Los ojos tenían el tamaño adecuado, sólo un poco enrojecidos, sin heridas ni hinchazón.
-La fractura de cráneo no aparece en la radiografía -le dijo otra enfermera-. Parece que está bien.
Richard se acordó del aspecto sangriento del cuerpo que había visto ayer.
-¿Cómo puede ser esto? -preguntó incrédulo.
La enfermera movió la cabeza.
Paul se fue a su casa el lunes, ya que los médicos no encontraron razón alguna para retenerlo, porque evidentemente estaba sano, y sigue así hasta el día de hoy. Su padre también lo está, física, emocional y, lo principal de todo, espiritualmente. Tomar la decisión consciente de perdonar fue tal vez lo más difícil, y aparentemente un paso inútil que Richard debió dar en aquel momento crucial. Pero el Maestro hizo honor a su sacrificio y le dio un regalo que atesoraría para el resto de su vida.

