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Una visión en el parabrisas

¿Qué es un milagro, Andy?

Dios.

¿Es eso todo?

Dios que te presta atención.

 

SANDRA PRATT MARTIN, MUERDETE LA LENGUA

 

 

Un lindo día de otoño de los años setenta, Ann Tichenor, de doce años, regresó a su casa haciendo una mueca de dolor.

-Estábamos montando en bicicleta y unos chicos nos arrojaron manzanas podridas -anunció a su madre, Cynthia Goldsberry-. Me golpearon en un ojo.

Cynthia disimuló una sonrisa. Los rituales del flirteo habían cambiado un poco desde sus días de colegio, pero no había dudas de que su hija disfrutaba de ese encuentro. El ojo izquierdo de Anne se veía bien, de modo que, aparentemente, no había daño alguno.

Cynthia estaba hablando por teléfono unas horas más tarde, cuando oyó a Anne dando un grito de terror.

-¡Mami! ¡Mamá! -no sólo Anne sentía ahora un dolor intenso en el ojo, sino que ya no veía por él.

Cynthia la llevó corriendo a ver a un oftalmólogo. Las noticias no eran buenas. El ojo de Anne tenía una hemorragia por el golpe, con un traumatismo que podía causar un daño permanente en la visión. El tratamiento en aquel momento consistía en emparcharle ambos ojos al paciente y mantenerlo en reposo durante cinco días, con la cabeza ligeramente elevada, de modo que no se produjera otra hemorragia cuando la sangre coagulada se disolviera.

-Puedo llamar a una ambulancia o usted puede llevar a Anne al hospital -le dijo el médico a Cynthia-. Lo importante es que no se mueva en el trayecto. -Le vendó los dos ojos y la subió al coche de Cynthia.

Cynthia jamás olvidará aquel viaje al hospital.

-Estaba aturdida por lo terrible e inesperado que nos había sucedido -dice ella-. Tomé las calles laterales y conduje a diez kilómetros por hora, en todo momento tratando de comprender el hecho de que Anne podría llegar a perder la visión.

Anne había recibido el mismo mensaje. En el camino, le pidió a su madre que le describiera el rojo y amarillo de las hojas de otoño, los pájaros, incluso las nubes del cielo, como si no fuera a verlos nunca más.

En el hospital, el personal le arrebató a Anne de las manos, y Cynthia intentó llamar por teléfono a su marido, que estaba fuera del país por negocios. No tuvo suerte. Cuando volvió a ver a Anne, su hija estaba en la cama, con los ojos tapados.

-Casi no le podía ver el cabello, las enfermeras se lo habían peinado en alto sobre la almohada -dice Cynthia-. Anne jamás llevó el cabello así. -Pero era tarde y Cynthia debió regresar con sus otros hijos. Besó con cariño a su hija y se fue a su casa. Sólo entonces dejó que las lágrimas saltaran de sus ojos.

Temprano, a la mañana siguiente, antes de irse al trabajo, Cynthia llamó a dos amigas íntimas de la congregación metodista a la que pertenecía y les pidió que oraran y dieran a conocer lo que había sucedido. Las dos mujeres se mostraron impresionadas y tristes, ya que conocían a todos los hijos de Cynthia y los querían mucho.

-Es una tragedia -le dijo Norma* a su esposo, Jim, cuando ambos salían de su casa-. La visión de Anne puede quedar gravemente dañada.

Jim pensó en Anne todo el día. Qué terrible. Pero ¿qué podía hacer para ayudar? El se consideraba creyente de Jesús, pero jamás había orado específicamente por algo, en especial para que alguien sanase. No sabía cómo hacerlo.

¿Pero se necesitaba para esto algún conocimiento especial? Ahí estaba esa niña, una hija de Dios, en el hospital. Y aquí estaba él, deseoso de hacer algo. Mientras regresaba a su casa aquella noche, Jim respiró profundo.

-Jesús -se oyó a sí mismo decir en voz alta dentro de su coche-, Anne no necesita este problema. Por favor hazte cargo de él.

Jim se estaba acercando a un cartel de detención. Ahora, mientras aminoraba la marcha, fue como si una cortina cayera en la parte interna del parabrisas, casi como si fuera una ancha pantalla de televisión. Sobre ella, podía ver una especie de escena. Era en la habitación de un hospital, con alguien en cama… pero ¡si era Anne! La veía claramente, con los dos ojos emparchados. Y su cabello, jamás lo había visto peinado así, todo recogido sobre la almohada.

Anne no estaba sola. Junto a ella, a la cabecera de la cama, sólo visible desde el pecho hacia abajo, estaba la figura luminosa de un hombre alto. ¿Era un médico? No. Este hombre tenía puesta una túnica.

Asombrado, Jim vio que la mano del hombre descendía y con suavidad se posaba sobre el ojo izquierdo de Annc. Era un gesto sanador y Jim lo sabía sin que se lo hubieran dicho. Se dio cuenta de que su plegaria estaba siendo atendida. Poco a poco, la escena se desvaneció y volvió a ver el cartel de detención.

Conmovido, Jim llegó a su casa y llamó por teléfono a Cindy. -¿Tiene Anne los dos ojos vendados? -le preguntó abruptamente.

-Sí. ¿Pero cómo lo sabes?

-¿Cuál es el que está lastimado?

-El izquierdo -contestó Cindy-. ¿Por qué?

Jim no podía hablar, no hasta que hubiera tenido tiempo de pensar y de aclararse.

Después de cinco días, Cindy llevó a Anne, aún vendada, a ver al oftalmólogo.

-Había tenido paz desde que Jim me contó lo que había visto -dice Cynthia-. Pero como Anne tardaba tanto con el médico, comencé a tener miedo.

Finalmente, el médico salió a la sala de espera.

-¡Esto es maravilloso! -le dijo a Cynthia-. Yo esperaba que Anne perdiera por lo menos el 30% de la visión, tal vez más, debido al daño. Pero los dos ojos están perfectos. Es como si nada hubiera sucedido.

Todos saben, sin embargo, que algo en verdad sucedió, algo maravilloso. Dios estuvo presente.

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