La redención de las profundidades
Esto es una prueba para saber si tu misión el! la tierra está terminada: Si estás vivo, no lo está.
RICHARD BACH, AUTOR DE JUAN SALVADOR GAVIOTA
En abril de 1993, Don Spann y John Thomson zarparon del puerto de Charleston, en Carolina del Sur, en el barco de cuarenta y seis pies de Don, el Perseverance, para hacer un crucero de rutina de dos días hacia Fort Lauderdale, Florida.
Sin embargo, en la mitad del segundo día se nubló y el océano se puso agitado. John T. estaba al timón mientras que Don se hallaba sentado en la popa. Irónicamente, aunque Don siempre hacía hincapié a los empleados de su compañía, Span-America, sobre las medidas de seguridad, su chaleco salvavidas estaba a un costado del asiento.
El velero se mecía violento sobre las olas. Don se había puesto de pie cuando una enorme ola golpeó sobre cubierta. Sin equilibrio rodó hacia uno de los costados del barco, golpeó la plataforma trampolín y se cayó a las aguas del océano.
El Perseverance ya había pasado cuando Don salió a la superficie. Frenético, hizo un fuerte silbido, señas con los brazos y gritó.
-¡John T.! ¡Estoy aquí! ¡Vuélvete! -Pero la embarcación siguió su camino, con John T., que miraba hacia adelante y no se había dado cuenta de la caída de Don. Don lo observó durante el paso de cinco o seis olas más, oyó un poco más el motor. Después se hizo el silencio. Era el sonido más solitario que jamás hubiera oído.
Con seguridad, John T. descubriría su ausencia y regresaría. Don oteó el horizonte, recordando su entrenamiento en la marina para luchar contra el pánico, y esperó. Pasaron diez minutos y nada sucedió.
¿Qué es lo que haré? La temperatura del agua era lo suficientemente baja como para causarle hipotermia, si no se mantenía en movimiento. ¿Por cuánto tiempo podría mantenerse en el agua? ¿Y no sufriría un calambre o, peor, atraería a algún pez vela o a los tiburones? Qué sucedería si se ahogaba o era destrozado por algún pez y después m cuerpo aparecía en la playa? ¿Cómo soportaría su familia un trauma así?
Se quitó los zapatos, para tratar de usarlos como flotadores, pero lo único que logró fue que se llenaran de agua. Los dejó que se fueran. Ahora le costaba más respirar y se le hacía más difícil flotar, tanto de espalda como sobre el estómago. Habían pasado veinte minutos. Veinticinco …
Hacía mucho tiempo que Don no pensaba en Dios. Ahora le rezó en voz alta.
-Dios -le dijo mientras las olas le pasaban por encima-, estás usando medidas muy drásticas para llamarme la atención. Siento no haber tenido la suficiente inteligencia como para escucharte. Si Tú me dejas vivir, yo cumpliré la misión que me encomiendes, sea lo que fuere.
Después de esto, Don oyó una voz en su interior. ¿Era Dios? No, esta voz era seductora, incluso provocaba miedo.
-No -le susurraba la voz-, no saldrás de esta situación. ¿Por qué no te relajas y mueres pacíficamente?
Don no le prestó atención. Aunque volvió a oírla, esta vez más insistente.
-Ríndete, ríndete …
-¡No! -le contestó Don en voz alta-. ¡Lucharé! -¿Cómo?
Hacía mucho tiempo que estaba en el agua y se sentía más frío y lento. Se hundiría pronto, por última vez?
-Vamos, Don -la voz insidiosa lo estimulaba una vez más–. Sería tan fácil…
-No lo haré -dijo Don con los dientes apretados y temblando. Sabía que estaba siendo tentado en la muerte, así como sucede en la vida. Pero casi inconscientemente se tomaba del puerto seguro que había conocido hacía tanto tiempo. Dios, quédate conmigo ahora, rezó.
-¡No me rendiré! -le gritó a aquel enemigo sin nombre-. ¡Incluso si me encontrara a metros de profundidad!
Su voz hizo eco en las olas. De alguna forma supo que la voz insidiosa se había ido. Volvía a estar solo.
Había pasado ya casi una hora y lentamente Don comenzaba a hundirse. Por momentos pensaba que estaba por encima de las olas, sólo para abrir los ojos y darse cuenta de que estaba debajo. Esa fue la razón por la que, primero, no estuvo seguro de oír el ruido de un motor. Después, como si estuviera soñando, divisó algo que se movía hacia él. Al principio tenía unos pocos centímetros de largo … ¡un barco, con una figura al timón -John T. oteaba el horizonte con unos binoculares!
-Lo oí gritar mi nombre con entusiasmo, y supe que me había visto -dice Don-. Creo que por un momento perdí el conocimiento. El grito de John T. me despertó.
-¡Toma la cuerda!
Exhausto, Don alcanzó a tomar la cuerda, enroscándosela en el brazo, ya que estaba demasiado débil como para asirse de ella.
–Recuerdo haber sido arrastrado por el agua y quedar enredado -dice Don. ¡No podía salir! Luego sintió unas manos fuertes que lo tomaban de su bíceps y antebrazo derechos, sosteniéndolo. ¡John T! ¿Por qué se había metido en el agua? ¿Quién timoneaba el barco?
Y ahora había un segundo par de manos del otro lado, que lo tomaban de su bíceps y antebrazo izquierdos. Las manos parecían empujarlo, impulsándolo a través de una increíble distancia. ¿Dónde había John T. encontrado a otra persona para que lo ayudara?
De alguna forma, Don apareció debajo de la escalerilla y John T. le gritaba:
-¡No te sueltes! ¡No te sueltes!
Don no podía hacerle caso. Sus músculos exhaustos, congelados, se negaban a responderle. Después de todo, se ahogaría aquí. .. Entonces sintió unas manos firmes debajo del agua, que le colocaban un pie sobre el peldaño inferior. Unas manos fuertes lo empujaban por las nalgas.
-De repente, yo estuve parado sobre la escalerilla -dice-. y John T., que pesa casi veinte kilos menos que yo, me dio la vuelta y me arrastró hasta subirme al barco.
Un helicóptero de la guardia costera colocó por fin a Don en una camilla, lo sacó del Perseverance y lo llevó al hospital de la Universidad de Jacksonville, donde permaneció internado durante cuatro días, para ser tratado por las consecuencias de la hipotermia. Sólo más tarde Don recordó los extraños acontecimientos que rodearon el rescate.
-John T. -le preguntó al otro día-, ¿quién ayudó para subirme al barco?
John T. frunció el entrecejo.
-¿De qué estás hablando?
-Sé que estuviste en el agua con alguien más, porque sentí otro par de manos que me sostenían –explicó Don-. En realidad, yo no pude subir la escalerilla y ustedes dos me empujaron.
John T. mostró una expresión extraña.
-Yo no me metí al agua, Don -dijo él-. Te subí desde la plataforma del trampolín. Y estaba solo.
Hoy, Don está sano y ya ha regresado al timón de su barco y a su vida normal.
-No sé por qué me salvé de la tentación y de la muerte –dice-. Pero siento que debo prestar atención y esperar a que se me muestre qué debo hacer. -y mientras espera, agradece. A John T., por su habilidad y coraje.
Y a las manos celestiales que vinieron en respuesta a sus oraciones.

