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Medicación misteriosa

Los milagros son visiones fugaces de un misterio de tal poder, profundidad y belleza, que si lo viéramos de frente… quedaríamos aniquilados.

 

FREDERICK BUECHNER, INTERROGANTES ESPIRITUALES

 

 

El 20 de enero de 1992, en Larsen, Wisconsin, amaneció soleado, pero terriblemente frío. Era un buen día para quedarse en casa, pensó Mary Mueller, con la esperanza de que su buscapersonas permaneciera mudo. Además de trabajar en una fábrica por turnos y administrar una granja de más de cincuenta hectáreas, Mary era miembro voluntario del cuartel de bomberos de Clayton-Winchester Township. Por tanto, valoraba inmensamente su tiempo de descanso.

Sin embargo, en mitad de una ducha, mientras se lavaba la cabeza, Mary oyó el buscapersonas que describía los detalles de un automóvil que se incendiaba a menos de tres kilómetros de allí. El despachador no sólo pedía un auto bomba, sino también voluntarios. Parecía serio.

Aunque la adrenalina de Mary siempre subía con cada llamada de esta naturaleza, esta vez se sintió literalmente impulsada. Casi ni se secó, se metió el cabello chorreando agua en un casco, salió corriendo en medio de esa temperatura bajo cero, y de un salto se puso al volante de su pickup. Debido a que este era un llamado de día en el extremo del distrito rural, Mary sabía que los granjeros serían los únicos en responder, yeso podría llevar mucho tiempo.

Salvo por el casual voluntario que había comunicado por teléfono el accidente, Mary fue el primer rescate que llegó a la escena. Esta se asemejaba a lo que se encuentra después de una explosión. Aunque no había fuego (los primeros informes fueron inexactos), había una pila de metales retorcidos sobre la carretera. Los restos del coche se extendían sobre los campos y al costado de la ruta. Para Mary, el lugar se veía misteriosamente carente de todo color, sólo blanco, negro y gris.

No había señales de un segundo vehículo. Mary más tarde se enteraría de que un semirremolque transportaba sobre una tarima una carga de rieles metálicos. Un automóvil deportivo que se aproximaba con tres estudiantes de la Universidad de Wisconsin había hecho un viraje brusco rozando contra las llantas sobresalientes de acero del camión, las que cortaron como con tijeras el techo del coche, como si se tratara de un abrelatas gigante. El camionero había continuado un par de kilómetros, al principio, sin darse cuenta del accidente.

Pero ahora Mary investigó rápidamente. Un hombre joven, obviamente muerto, estaba tendido debajo del paragolpes delantero izquierdo del vehículo. El otro voluntario consolaba a una joven que estaba atrapada entre los hierros retorcidos. Mary rodeó la maraña de metales para dirigirse del lado del acompañante, luego se detuvo. ¿Era aquello un tercer cuerpo que estaba en la zanja? Corrió deslizándose por la pendiente sobre las rodillas.

Una muchacha rubia, de alrededor de veintiún años, la miró con ojos llenos de terror. Mary sintió un vínculo instantáneo.

-Me llamo Mary -le dijo a la joven-. Soy voluntaria de los bomberos y estoy aquí para ayudarte, aunque necesitamos de tu cooperación, ¿estás bien?

La muchacha asintió, temblando.

-Me llamo Lori.

Antes de mover a un paciente, los trabajadores de rescate deben hacer una evaluación del cuadro. Con suavidad, Mary examinó el lado izquierdo del cuerpo de Lori y sólo se encontró con una cadera lastimada.

- Cuando llegué a su hombro derecho, literalmente se me quedó en la mano -dice Mary-. Lo coloqué en su lugar lo mejor que pude y seguí mirando.

Sin embargo, cuando levantó un mechón de cabellos de Lori para revisar una mancha de sangre, Mary quedó boquiabierta. Se enfrentaba a un corte de por lo menos quince centímetros de largo por siete de ancho, que formaba un charco de sangre debajo de la cabeza de la muchacha. Las pesadas ropas de Lori y el cabello enmarañado habían escondido el hecho horrendo de que se estaba desangrando allí delante de Mary.

¿Cómo podría detener aquella hemorragia? Mary había hecho un curso de primeros auxilios; “pero se espera que los bomberos apaguen primero el incendio”, señaló.

- No llevamos con nosotros un equipo de elementos médicos; todo está en la camioneta de rescate. -Como venía de kilómetros de distancia, esta camioneta tal vez tardaría de quince a veinte minutos en llegar. Mary necesitaba vendas para hacer presión de inmediato. ¿Y si usaba los guantes de bombero? No. Estos eran lo suficientemente grandes, pero estaban sucios. Si se presionaba con ellos contra una herida tan terrible, se corría el riesgo de provocarle una infección.

- Dios -oró Mary-, por favor, ayúdame a socorrerla. No hay forma de que pueda hacer esto yo sola.

¿Qué podría usar? Preocupada, Mary miró a su izquierda. No había nada, sino nieve fresca, sin pisar, que cubría todos los campos. Miró a la derecha, a un grupo de gente que pasaba y que se había formado a lo largo de la carretera. Tal vez alguno de ellos tenía algo estéril para restañar la hemorragia. Por un momento volvió a mirar a Lori y el corazón pareció detenérsele. En la nieve, a la izquierda de Mary, a medio metro de distancia, “justo donde debería estar el material”, había una bolsa de color rojo oscuro con manijas negras y el emblema médico de color negro.

¿Quién lo había llevado allí en el segundo en que Mary había mirado hacia otro lado? No había nadie cerca de ella, ni huellas que marcaran la nieve. y la bolsa era como aquellas de color anaranjado fluorescente que utilizaba el personal de emergencias médicas.

Mary no tenía tiempo para preguntarse. Abrió el broche del cierre y la bolsa se abrió para dejar al descubierto casi una farmacia. Guantes de goma, cinta adhesiva, vendas y cuadrados de gasa de todo tipo y tamaño, todo sellado en envases estériles; todo lo que ella necesitaba estaba allí, en el orden en el cual lo usaría. Rápidamente, Mary se puso manos a la obra, aplicando tanta presión como podía contra aquel boquete en la cabeza de la muchacha, agregando nuevos cuadrados de gasa, cuando los usados ya se habían saturado.

- Ven al hospital conmigo, Mary, por favor -murmuró Lori.

- Lo haré, querida. Sólo quédate tranquila.

Por lo general, los bomberos no iban a los hospitales con las víctimas, pero a Mary no se le pasaba por la imaginación dejar a esta joven. Algo parecía unirlas en una especie de burbuja de vidrio protectora, protegerlas del horror, de alguna forma, mantenerlas a salvo. Mary supo que había llegado el helicóptero de salvamento; podía oír la máquina que descendía. No obstante ella y Lori no sintieron la bocanada de viento que lanzaba la hélice. Ni tampoco tenían frío, a pesar de la temperatura bajo cero.

Mientras el personal cargaba a la otra joven en el helicóptero, los paramédicos llegaron y corrieron para evaluar la condición de Lori.

-Quédate conmigo, Mary -le suplicó Lori, ahora con voz muy débil.

Mary asintió. Los dedos le dolían por el esfuerzo y el cabello se le había congelado debajo del casco. De todos modos aún sentía ese vínculo extraño de amor. Deberían separarla a la fuerza de Lori.

Pero Lori había perdido demasiada sangre para sobrevivir a un viaje en helicóptero.

- Hay sólo una cosa por hacer, Mary -decidió un paramédico-. Mantendrás en tus manos la vida de Lori. -¿Cómo?

- Te lo mostraremos. -Rápidamente, los paramédicos encintaron las manos de Mary contra la herida de Lori y después las sujetaron a una tabla. Se necesitaron seis hombres para alzar a las dos mujeres y sacarlas de la zanja sin desarmar este arreglo que habían hecho. Las sirenas sonaban, las luces parpadeaban.

Mary le sonrió a la muchacha mientras la ambulancia corría en contra del tiempo.

- Te dije que permaneceríamos juntas -le recordó.

Pasaron horas antes de que las víctimas volvieran a una condición estable, y Mary se sintió capaz de abandonar el vínculo con Lori. Sólo entonces recordó la misteriosa bolsa de medicamentos. Regresó con su pickup al escenario del accidente para recordarlo.

Varios bomberos habían visto a Mary utilizar la bolsa y habían supuesto que era de ella. Si alguien la hubiera encontrado luego, se la habría devuelto. Tampoco el lugar había quedado sin atención. Desde el accidente, había estado bajo una supervisión constante. La bolsa, sin embargo, había desaparecido misteriosamente. Y aunque los trabajadores juntaron penosamente los fragmentos del accidente, no había rastros de vendas desechadas, envoltorios, gasas u otros residuos que se hubieran encontrado de la bolsa.

Hoy, Mary y Lori disfrutan de una buena amistad, forjada durante aquellos desesperados momentos vividos en la zanja, cuando ambas se sintieron unidas en las manos del Médico Divino.

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