Respuesta en el viento
Me gusta comparar la oración con el viento.
No se le puede ver, pero sí los resultados de él.
ROSALIND BINKER, COMO REZAR EN FAMILlA
Era un crudo día de enero cuando el autobús partió de Benton, Wisconsin, pero Dick Wilson casi no lo notó. Dick acababa de enterrar a su madre. Aunque ella, durante años, había sufrido de una seria diabetes y fue un alivio ver que su sufrimiento llegaba al fin, el corazón de Dick estaba, sin embargo, cargado de dolor.
Cuando lo mandaron llamar, Dick pensó en ir a Wisconsin en coche desde donde vi vía en Sedan a, Arizona. Pero el clima en esa zona montañosa era traicionero e incluso se anunciaba que las condiciones climáticas iban a empeorar. En lugar de ello, su esposa, Nancy*, lo llevó al aeropuerto de Phoenix, donde abordó un vuelo.
Ahora se encontraba camino de regreso a su hogar, donde vivía con Nancy y seis de los diez hijos que habían tenido. Habría sido más conveniente regresar en avión, pero el billete del autobús era más asequible para el presupuesto familiar.
Los kilómetros pasaban. Dick sentía un frío y una pena inmensos, y el viaje parecía interminable. Finalmente, en medio de la noche, el autobús entró en la terminal de Tucumcari, Nuevo Méjico, para hacer su último transbordo. Sobraba tiempo para comer algo rápido, de modo que Dick se dirigió al restaurante más cercano. Perdido en sus pensamientos, se sintió sorprendido cuando el conductor anunció desde la puerta:
-El autobús con destino a Phoenix está a punto de partir. Ultima llamada para salir.
¡Ultima llamada! Dick se puso de pie, tomó su chaqueta, después buscó en el bolsillo de la camisa el billete. Pero el bolsillo estaba vacío. Rápidamente Dick buscó en el resto de lo que llevaba consigo. Sí, aquí estaba su billetera, su peine, monedas … Mientras buscaba en el suelo, e incluso en la silla donde había estado sentado, notó que el pulso comenzaba a acelerarse. Había perdido el billete.
¿Qué es lo que haría? No tenía dinero para otro. Tal vez se le había caído en el autobús. El pánico comenzaba a apoderarse de él, mientras corría hacia el estacionamiento de la terminal. La gente estaba subiendo al autobús de Phoenix; él se dirigió hacia donde estaba el que acababa de viajar hasta allí. Un hombre estaba barriendo.
-¿Encontró un billete? -le preguntó Dick al empleado de la limpieza.
-No. -El empleado se detuvo y miró la pequeña pila de colillas de cigarrillos y de envoltorios de caramelos-. No hay nada aquí que no sea basura.
-Oh, Dios, por favor, ayúdame …
-Dick bajó del autobús; la cabeza le daba vueltas. ¿Y ahora qué hago? Comenzó a caminar por la calle, alejándose del restaurante. Debería haber tenido más cuidado, ¡no haber estado tan absorto en su propia pena! ¿Cómo podía haber hecho algo tan estúpido?
El viento soplaba fuerte, y mientras Dick caminaba penosamente, con la cabeza gacha, la basura se arremolinaba a su paso. Esta pegó contra él y, a ciegas, Dick la pateó, tomando un trozo de papel para hacer una bola con él en gesto de frustración. Debería llamar por teléfono a Nancy para que le hiciera un giro, tomando dinero de su ya ajustado presupuesto. Mientras tanto, el autobús partiría. ¿Cuánto tiempo debería quedarse aquí?
Volviéndose, Dick puso nuevamente rumbo a la terminal y al restaurante. Mientras empujaba la puerta, se dio cuenta de que tenía aún el puño cerrado con el trozo de papel que había arrugado hacía unos minutos. Sin prestar atención, le echó un vistazo antes de tirarlo.
Era su billete.
Dick volvió a salvo a su casa, y jamás se olvidó del milagro de la respuesta a su oración.

