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Signos vitales

Jamás hablé con Dios, Ni visité los cielos;

Sin embargo, segura estoy del lugar

Como si se me hubiera dado un plano de él.

 

EMILY DICKINSON, POEMAS

 

 

 

Cuando Emily Weichman tenía siete meses de edad sufrió un ataque cerebral. Aunque el episodio nunca volvió a repetirse, Emily estaba aún delicada y su madre, Marlene, observaba con detenimiento cualquier signo de enfermedad. Así también lo hacían los miembros de la comunidad religiosa a la que pertenecían los Weichman, la iglesia de San Pablo Luterano en West Point, Nebraska.

-Emily tiene muchos abuelos adoptivos -dice Marlene-. Todos se preocupan por ella.

En septiembre de 1991, Marlene, su marido y Emily, que entonces tenía cinco años, decidieron acompañar a los padres de Marlene a Seattle para visitar a unos parientes. De regreso a casa, acamparon por la noche en el Parque Nacional de Yellowstone.

A la mañana siguiente Emily pareció caer en un letargo y después de que se pusieron en camino rápidamente volvió a quedarse dormida. La familia estaba atravesando un desolado paraje de Wyoming cuando Emily se despertó de repente.

-Mami -dijo-, me siento mal.

-Marlene la miró. Los ojos de Emily parecían no poder focalizar, desviándose hacia la derecha. Un momento después comenzó a vomitar.

Acababan de pasar sobre una gran mancha de combustible que estaba en la carretera. ¿Eran los gases los que descomponían a Emily? El padre de Marlene detuvo el automóvil y todos la levantaron y bajaron de allí. Estaba consciente y aparentemente despierta, pero Marlene, que era maestra, había tenido alumnos que sufrían de epilepsia. Sintió que un escalofrío de miedo le recorría el cuerpo. Los síntomas de Emily parecían similares.

-Papá -dijo-, ¡debemos llevar de inmediato a Emily al hospital.

La ciudad más cercana, Rack Springs, estaba a casi cien kilómetros de allí. El padre de Marlene partió veloz y todos comenzaron a rezar.

Treinta kilómetros, cincuenta … El paisaje pasaba volando, aunque no lo suficientemente rápido. Emily parecía estar desvaneciéndose. Todos seguían orando; cuando se acercaban a Rack Springs, vieron que la ciudad que se extendía allí abajo era mucho más grande que lo que ellos habían pensado. Ciertamente debería haber allí un hospital; ¿cómo lo encontrarían? Mientras buscaran se estarían perdiendo unos minutos preciosos. Emily ahora estaba inconsciente.

-Señor -murmuró Marlene mientras sostenía abrazada a su hijita-, debemos encontrar rápido a un médico.

Justo cuando se acercaban a la ruta interestatal vieron un cartel azul con la letra “R” pintada sobre él-jera la señal de hospital! ¡Gracias a Dios! Pronto vieron otro. Por lo menos cuatro carteles formaron un sendero seguro de color azul y blanco, que el padre de Marlene siguió hasta que se salió de la autopista para ir directo al hospital.

Un médico de la sala de guardia diagnosticó que Emily había sufrido un ataque leve de epilepsia. Le practicó un examen exploratorio y rápidamente la estabilizó con drogas anticovulsivas.

Fue después, mientras Emily descansaba en su habitación, cuando Marlene sintió el impacto total de la crisis.

-Si no hubiera sido por aquellos carteles de hospital-le dijo al médico-, tal vez aún estaríamos dando vueltas.

El médico la miró con curiosidad.

-¿Qué carteles?

-Los que están al costado de la ruta -le explicó Marlene-. Estos fueron su salvación no podríamos haber encontrado el hospital sin ellos.

El médico se quedó perplejo.

-Vivo a diez kilómetros de la autopista. Viajo todos los días desde allí -le dijo-. Jamás vi un cartel de hospital.

Marlene no sabía qué pensar. Los cuatro adultos que viajaban en la furgoneta habían visto los carteles. Su marido y su padre ahora estaban en la estación de servicio para hacer revisar el vehículo. Cuando regresaran, ella les preguntaría.

Los hombres regresaron tarde, ya que se habían perdido.

-Contábamos con aquellos carteles azules y blancos que nos guiaron hasta aquí -dijo su padre-. Ya no están.

Aún perpleja, al día siguiente, Marlene llamó por teléfono a la Cámara de Comercio de Rack Springs. El empleado que la atendió no pudo agregar nada para una explicación.

-Jamás hubo ningún cartel de hospital en esa ruta -dijo.

Con la ayuda de las drogas anticonvulsivas, Emily hoy es feliz y se mantiene estable. Los miembros de la comunidad de San Pablo la consideran la “niña del milagro” y siempre que pueden hacen un viaje por la misma ruta que ella recorrió. No hay duda de que aquél es un terreno sagrado”‘

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