Sincronización perfecta
Si nuestro diario caminar junto al Selíor debe ser una relación cercana e íntima, entonces debemos compartir todo con El, sin importar cuán comunes estas sean.
MARY MATHEWSON, LECTORA DE ADA, OHIO
¿Cómo sabemos cuándo Dios contesta a una plegaria? Rara vez lo hace con trompetazos a bombos y platillos. Sin embargo, existen esos momentos en que una respuesta es tan inmediata, tan explícita, que no podría ser otro sino Dios …
Una madre soltera, Debra Bredican luchaba por criar a una hija pequeña, en un apartamento de un ambiente en las afueras de Chicago. Para complementar su salario, preparaba comidas naturales para sus amigos. Su base de clientes creció a medida que estos, satisfechos, hicieron correr la voz sobre los sabrosos menús de Debra.
Debra soñaba con expandirse, pero necesitaba un segundo dormitorio para usar como oficina, más un administrador de propiedades que le permitiera instalar un segundo refrigerador. Ambas metas parecían imposibles. No podía pagar una renta mensual superior a los 650 dólares, demasiado modesta para la zona que ella tenía en mente. Además, la compra de un segundo refrigerador se llevaría todos sus ahorros dólares, demasiado modesta para la zona que ella tenía en mente. ¿Era demasiado riesgo? Debra habló de ello con Dios.
- Si Tú deseas que yo haga esto -le dijo-, deberás resolverlo. Pronto Debra encontró un complejo de apartamentos en el lugar perfecto. Pero las rentas para dos habitaciones eran demasiado elevadas. Siguió buscando y rezando, pero de vez en cuando regresaba a ver el complejo de apartamentos.
- Tiene suerte -le dijo un día la agente inmobiliaria-. Debido a las remodelaciones, estamos bajando las rentas de todas las unidades de dos ambientes, para los próximos seis meses.
- ¿Cuánto costarán? -casi no se atrevía a preguntar Debra.
-Seiscientos cincuenta dólares -contestó la agente.
Debra estaba casi convencida de que esa era la respuesta de Dios. Pero había otra cosa.
- Estoy expandiendo el negocio que yo hago en mi casa -le dijo a la agente-. Necesitaré un apartamento con dos refrigeradores.
-¿Dos refrigeradores? -se rió la mujer-. Eso es casi imposible. Pero, déjeme ver qué puedo hacer.
Debra regresó a su casa, casi con miedo de abrigar esperanzas. Pero a la mañana siguiente, la agente la llamó por teléfono.
- Esto es extraño, Debra -comenzó diciendo-. ¿Recuerda que le dije que estamos en medio de una enorme remodelación?
Debra lo recordaba.
- Bueno, pedimos doscientos veinte refrigeradores nuevos. Ayer nos enviaron doscientos veintiuno. Será más barato para nosotros colocar el refrigerador que sobra en su apartamento que devolverlo.
Debra ya no tenía dudas. Hoy su negocio es floreciente, gracias a las plegarias que fueron contestadas en el momento justo.
Mi sobrino Tom Anderson también recibió un estímulo celestial. Tom se dedica a hacer armarios y, después de haber trabajado durante años como asalariado, decidió ponerse por su cuenta. Deseaba hacer la clase de trabajo fino en madera, con el cual se pudiera sentir satisfecho en el fondo de su alma.
Sin embargo, la búsqueda de clientes, la reunión con su jefe y el trabajo propiamente dicho llevaba más tiempo que el que Tom se había imaginado. A él, además, se le iban de las manos los formularios de impuestos, la contabilidad y un montón de nuevas responsabilidades que no deseaba ni disfrutaba. Su sueño se estaba convirtiendo pronto en una rutina agobiante.
Una mañana, mientras corría a una cita, Tom repasó sus planes. ¿Había tomado la decisión correcta? Había rezado antes y se sintió seguro de que Dios lo aprobaba, pero ahora lo estaba pensando por segunda vez.
- Dios, estoy sobrecargado -suspiró-. ¿Debo volver a un trabajo tranquilo de nueve a cinco, sin todas estas preocupaciones? Por favor, dime qué deseas Tú que haga.
Justo en ese momento pasó a un vehículo de policía y se dio cuenta con el corazón angustiado de que estaba conduciendo por lo menos cuarenta kilómetros por encima del límite de velocidad. Por el espejo retrovisor vio que el automóvil salió a la carretera y encendió el destellador. Bravo. Tom se detuvo y se dejó caer vencido en el asiento. No sólo llegaría tarde a su cita, con seguridad tenía la respuesta ahora. ¿Qué señal más negativa podría enviarle Dios?
El oficial se acercó al camión de Tom, con el talonario de multas en la mano.
- Permiso de conducir y documentación del coche, por favor.
- Sí, señor. – Tom ni siquiera trató de esgrimir una defensa. Estaba tan molesto por la idea de abandonar sus planes que casi ni miró al policía, hasta pasados unos breves momentos. Después se dio cuenta de que el oficial miraba sus herramientas, apiladas en el asiento delantero, ya que su nuevo camión no tenía aún una cúpula.
El policía las señaló con un gesto.
-¿De qué trabaja? -le preguntó.
- Soy carpintero. -La curiosidad de Tom se despertó-. ¿Qué tiene que ver esto con la infracción de tránsito?
El oficial le devolvió a Tom la licencia, sin la multa.
-Conduzca más despacio la próxima vez -le dijo-. Y colóquese el cinturón de seguridad. – Tom casi no podía creerlo. Pero el oficial no había terminado. Se apoyó contra la carrocería del camión.
-Trabajo de noche como contratista general -dijo-. Y tengo ahora mismo dieciséis cocinas y quince baños que necesitan todos sus armarios. ¿Cree que podría interesarle?
- Era una verdadera respuesta, justo lo que yo había pedido -dice hoy Tom, mientras lleva adelante su negocio con éxito-. Dios me decía que siguiera adelante, pero a menor ritmo. Yo sé que El siempre me da las directrices que necesito.
Marci Vanee, de dieciocho años, tenía en su hogar una situación incontrolable. Las cosas siempre habían sido penosas entre ella y su padre adoptivo. Ahora él le exigía que consiguiera un trabajo y se mudara.
- Soy joven y estoy asustada. Aún no tengo pensado nada -explica Marci. La tensión aumentaba.
Finalmente, Marci consiguió un empleo, pero era necesario que usara como uniforme unos pantalones de color gris y una blusa blanca. Ella tenía suficiente dinero para comprar la blusa, pero no los pantalones. y no tenía sentido pedirle a su padre que la ayudara, ya que él estaba enojado.
- Si no comienzas a trabajar ahora mismo, ¡márchate de aquí!- le dijo una mañana.
Marci se sintió completamente abandonada. ¿Qué le sucedería si la echaban de su casa? Estaba lloviznando y se encontraba caminando sin rumbo, dejando que las lágrimas se acumularan en sus ojos. Al final se sentó contra una pared que bordeaba un colegio. Dios, ¿qué voy a hacer? Rezó. Por favor, ayúdame.
Poco tiempo después, Marci levantó la vista y vio que un hermoso arco iris surcaba el cielo.
- Una paz maravillosa se apoderó de mí -dice-. Sentí que no tenía nada de qué preocuparme.
Con más ánimo fue caminando hasta la casa de su tía Pam. Momentos antes de que Marci llegara, una amiga de Pam había pasado por allí para dejar alguna ropa que Pam llevaría a la iglesia.
- Marci, mira si hay algo que desees de ese montón antes de que haga el paquete para la iglesia -sugirió Pam.
Lo encontró. Dos pares de unos bonitos pantalones grises, que le sentaban perfectos.
- Me sentía frustrada de que mi carrera de escritora no tuviera el éxito que yo deseaba -dice Sue Markgraf, que trabaja todo el día, además de trabajos independientes los fines de semana para cubrir las necesidades de su joven familia. La mañana de un sábado, frío y nublado, estaba sentada sin prestar atención frente al televisor. Los niños estaban ocupados y había algunas notas en su computadora para el siguiente proyecto. En verdad debería poner manos a la obra.
Pero una combinación de fatiga y desaliento no la dejaban mover. ¿La llevaban los esfuerzos que realizaba a alguna parte? ¿Haría ella alguna vez algo que se destacara en su trabajo?
De repente, como si fuera una respuesta, un intenso rayo de luz entró por la ventana en frente de ella. Era brillante, casi blanco, como si el aire mismo brillara desde el interior. ¿Cómo? Por las otras ventanas aún se veía gris y sombrío. ¿De dónde provenía esta fuente de luz?
- Tuve deseos de protegerme los ojos y desviar la mirada; no podía – dice-. Me moví en el sofá, pero la luz pareció seguirme. -Este no era un rayo común de luz.
Después, en el centro de esta fuente de luz, Sue vio una figura en sombras. Se sintió atraída hacia su calidez, obligándose a mirarla. Aunque no oyó palabras verdaderas, sintió que la figura le hablaba.
-Regresa a tu historia -decía-. La paz ya viene.
En éxtasis, Sue bebió de aquella luz. Se sintió indigna de su presencia aunque, sin embargo, exaltada al mismo tiempo.
- Me obligué a seguir mirando, a continuar sintiendo -dice-, hasta que la figura y la luz brillaron trémulas, para después desvanecerse.
Sue aún lucha por encontrar el significado de aquella bendita visión. De todos modos siente una mayor confianza en su trabajo y en el plan que Dios tiene para ella, cualquiera que fuera este.
- Sé que existe una fuerza más grande que ha hecho en mí una inversión increíble -dice ella-. Me empuja constantemente, pero me reconforta. Rezo porque siempre se quede conmigo.
Kathy y Bill Colby llegaban tarde a cenar a la casa de su hermana. Apurada y preocupada, Kathy apoyó el llavero sobre el techo del coche; después aseguró con el cinturón en el asiento a su bebé de diez meses.
- ¡ Vamos! -Bill salió por la puerta delantera de la casa y apurado se sentó al volante.
Kathy se sentó a su lado, olvidándose de las llaves, y así partieron. Cuando se acercaban a la autopista abrieron la rampa de entrada. En ese momento oyeron que algo se volaba del techo del automóvil y que golpeaba, con ruido metálico, el pavimento.
- ¿Qué fue eso? -preguntó Bill.
- ¡Oh, no! ¡Mis llaves! -Kathy estaba muy disgustada. Trabaja en dos lugares y todas las llaves de las oficinas, así como las de su casa y el coche, estaban en ese llavero. Mientras le explicaba, Bill estaba conduciendo a cien kilómetros por hora.
- Bajaré en la siguiente salida, regresaré y volveremos a pasar la rampa -decidió-. Todavía hay luz, podemos estacionar y buscar las llaves.
Cuando regresaron a la rampa, Bill se quitó el cinturón, bajó y se adelantó caminando, mirando cerca del cordón. Kathy también se bajó y comenzó a buscar en un arco más amplio. ¡Qué nochecita!, pensó. Llegaban tarde, ella iba a tener problemas para hacer duplicados de las llaves y ahora el bebé comenzaba a llorar…
Dudosa, miró al cielo.
Si alguien me puede oír… -murmuró-… bueno, necesito ayuda.
Se volvió para mirar al bebé y se quedó allí parada, asombrada de lo que veía. En ese momento, Bill se volvió y vio lo mismo. Sobre el techo del coche estaban las llaves.
Imposible. El techo tenía caída y no tenía ningún reborde. Ambos habían oído caer las llaves y ninguno había visto nada sobre el techo cuando se bajaron del coche. Sin embargo, las llaves estaban allí, como si las hubiera colocado un padre que amaba a sus hijos -para quien ningún pedido era demasiado insignificante.
Doris Neill Johnson salió del negocio de artículos para la mujer que tenía en Spencer, Iowa, para encontrarse en la calle con una bajísima temperatura y una repentina nevisca. Aunque aún no era de noche, era casi imposible ver por la oscuridad que producían esas condiciones climáticas. Doris condujo su automóvil por una ruta alternativa que conocía y que atravesaba una zona casi despoblada pero el camino casi no se veía y se sintió completamente perdida.
Pronto decidió dejar el coche y caminar. No pueden ser más que dos kilómetros, se dijo para sÍ. Me sentiré más segura si camino que si tengo la posibilidad de tener un accidente en el coche.
Unos minutos después, Doris se dio cuenta de que había cometido un error mayúsculo. Se estaba haciendo de noche y la nieve que se arremolinaba con el viento la cegó, haciéndola sentirse mareada y desorientada. El sacón de color gris claro se confundía con el paisaje, y la capa de nieve era mucho más espesa de lo que había pensado. ¿Qué sucedería si se caía y se lastimaba? En esta zona desierta se podría llegar a congelar antes de que alguien la viera.
- Dios, ayúdame -rezó Doris en voz alta.
Dio algunos pasos más. Era inútil -no podía ni moverse ni ver. El pánico comenzó a apoderarse de ella. Después, “como si Dios la estuviera llamando”, oyó la voz de un hombre que gritaba.
- ¡Por aquÍ! ¡Siga avanzando!
- ¿Quién me llama? ¿Dónde está?
- ¡Aquí! ¡Venga, venga! -La voz se oía como si supiera lo que estaba haciendo.
Doris rezó por tener fuerzas y la siguió.
- Doble a la derecha un poco… eso es, eso es -prosiguió la voz. Se oía algo distorsionada por el viento aunque, por lo menos, ya no estaba sola en esta noche terrible-. Vamos, ahora -se la oía más cerca.
Doris luchó, dando con dificultad un paso para ver, y por último vio una luz en la ventana de una casa que tenía delante. Había un hombre parado en la puerta abierta.
- ¡Lo logró! -exclamó el hombre con placer cuando ella se dejó caer en la puerta.
La pareja que allí vivía ya había corrido las cortinas por el viento, que se colaba por las ventanas, le contaron más tarde a Doris.
- No las habríamos vuelto a correr esta noche, pero, bueno… es extraño -trató de explicar el hombre-. Tuvimos este extraño impulso repentino de volver a mirar la tormenta-. Había descorrido las cortinas, creyó ver algo que se movía y gritó por si acaso.
Doris no pensó para nada que aquello fuera extraño. Ella había rezado, ¿no?

