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Un signo de nuestro tiempo

Si sé que el tiempo de Dios es el mejor

Entonces descanso con paciente esperanza…

 

JOHN GREENLEAF WHITTIER

 

 

Una mañana del año 1975, en Greenwood, Carolina del Sur, Dorothy Nicholas estaba sentada a la mesa de su cocina escribiendo. Trataba de componer un eslogan adecuado. Aun cuando Dorothy era una escritora premiada y había trabajado en la redacción de textos publicitarios, a veces le era difícil encontrar las palabras justas. Y ella sentía que estas debían ser perfectas.

Las palabras eran para un cartel, que estaría sobre la estación de servicio que Dorothy dirigía con la ayuda de Fred, su esposo, que era discapacitado. Hacía una semana que habían comenzado a trabajar, cuando llegaron con su casa rodante desde Orlando hasta Greenwood, y el trabajo parecía lo suficientemente simple, sólo debían estar sentados en una cabina con ventanilla para cobrarle a los clientes que se servían solos.

- Era un poco como vivir de golondrina -admite Dorothy-. Fred y yo llamábamos “hogar” a muchos lugares por aquellos años, ya que ambos anhelábamos viajar, y con los hijos ya crecidos, podíamos hacerlo. -A veces ellos se establecían por un tiempo y conseguían trabajo. Esta fue una de esas veces.

Ya había un cartel iluminado en la parte superior del edificio, pero el nuevo jefe de Dorothy le había dicho que podía reemplazarlo con cualquier cosa que a ella le gustara.

- Yo me había enterado de que esta cadena de estaciones de servicio era asaltada con frecuencia -dice Dorothy-, de modo que tenía en menté algún eslogan relacionado con la seguridad. -Al mismo tiempo sentía que Dios le estaba llamando la atención, animándola para que hiciera que otros confiaran en El. Intentó con varias ideas, hasta que le llegó la inspiración.

- ¿Qué opinas de esto? -le preguntó a Fred.

El estudió lo que había escrito: Dios es nuestro guardia de seguridad -Siempre está en su trabajo.

- Eso suena muy bien -le dijo. Al día siguiente, él formó la frase para el cartel iluminado.

El cartel causaba impresión; sin embargo parecía tener poco atractivo o nada en los demás. Eran pocos los clientes que hacían algún comentario.

Después de cinco meses, la pasión por viajar volvió a hacerse sentir, y Dorothy y Fred renunciaron y partieron en su casa rodante. El tiempo pasó.

- A veces pasábamos por esa ruta, al ir de Florida a Carolina del Norte, y yo siempre sentía un pequeño placer cuando pasábamos junto a ese cartel -dice Dorothy. A los administradores que después vinieron les había gustado lo suficiente como para mantenerlo. Al recordar la extraña necesidad de encontrar las palabras justas, Dorothy se preguntaba si el cartel había sido, después de todo, un interés de Dios.

En 1988, Dorothy y Fred se encontraban en Gainesville, Florida. En la iglesia conocieron a Janet* y Larry*, una joven pareja que vivía en los alrededores. Los cuatro se llevaban bien y cuando Dorothy y Fred tuvieron algunos problemas temporarios de salud, sus nuevos amigos resultaron ser una bendición, al hacerle sus encargos, llevarles alguna que otra comida, en una palabra, al estar presentes.

- No sé lo que habríamos hecho sin ustedes -le dijo Dorothy a Larry más de una vez. Ella se estaba encariñando con este joven amable y prolijo.

Una noche, Dorothy invitó a Janet y Larry a cenar. Los cuatro se sentaron a la mesa, hablando de trivialidades. Fred y Dorothy se sorprendieron al enterarse de que Larry se había criado en Greenwood.

- Qué casualidad, nosotros trabajamos una vez allí… -comenzó a decir Dorothy. ¿Lo habían visto a Larry alguna vez? Ella comenzó a hacerle preguntas, pero como ya había comenzado a hablar sobre él, Larry no se detuvo.

- Yo tuve un pasado muy duro -prosiguió, con un torrente de palabras que habían estado por tiempo contenidas. A los dieciséis años, se había hecho amigo del grupo de los malos y se había pasado un año en un reformatorio. Después de que lo liberaron, tuvo deseos de volver a comenzar, aunque, en razón de sus antecedentes, no podía encontrar trabajo.

- Una noche, en 1975 -continuó Larry-, decidí robar en una estación de servicio para conseguir dinero e irme de casa -. Había una estación de servicio cerca, así que tomó el revólver de su padre y el automóvil y justo antes de la hora de cerrar, se dirigió a robar a la mujer que estaba sentada en la ventanilla de cobro.

Antes de poder sacar el revólver, echó una mirada al techo del edificio. Siempre había habido allí un cartel, pero alguien había cambiado el eslogan hacía poco tiempo.

- Cuando leí el mensaje -dijo Larry-, me di cuenta de que no podía robar en ese lugar, ni hacer nada que fuera ilegal-. Regresó a su casa, rezó toda la noche y le rogó a Dios que lo ayudara a enderezar su vida.

Dorothy y Fred se miraron.

- ¿Qué decía el cartel, Larry? -le preguntó con amabilidad.

- Jamás olvidé aquellas palabras -le aseguró el joven-. Decía “Dios es nuestro guardia de seguridad -siempre está en su trabajo”. Y El está, Dorothy. El me cuidó del peligro de aquella noche y desde entonces ha sido siempre así.

El corazón de Dorothy se elevó. Habían pasado trece años, y sólo ahora ella conocía la fuente de aquel extraño anhelo, la necesidad de encontrar las palabras perfectas. Y Dios había utilizado su pequeño acto de fe para recoger a un hijo perdido y colocarlo a salvo a su lado.

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