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Una promesa del Día de la Madre

Algo nos sucede cuando rezamos,

Toma nuestro lugar y quédate allí,

 Lucha hasta que despunte el día;

Permítenos siempre orar.

ANONIMO

 

 

 

Sue y Kenny Burton habían intentado durante más de dos años tener un bebé, pero las cosas no iban bien. Mes tras mes, a pesar de los muchos estudios médicos, ellos seguían sin lograr nada. La gente que vivía en el pequeño pueblito de Frankfort, Kansas, sabía del sueño de los Burton y oraba por ellos.

En aquel momento, Sue cantaba canciones cristianas contemporáneas en un sexteto formado por mujeres de la Iglesia Metodista Unida de Frankfort. El grupo, irónicamente llamado “Envío Especial”, actuaba siempre en las comidas de madres e hijas, en reuniones del club social y en otros acontecimientos.

-Generalmente, durante una función, cada una de nosotras siempre comparte con el público alguna pequeña historia personal-explica Sue-. Como nuestro grupo está formado desde adolescentes hasta abuelas, la gente se puede identificar con todas nosotras.

Las otras integrantes del grupo, conociendo los deseos que tenía Sue de tener un hijo, la animaron para que compartiera aquello con el público, y ella así lo hizo. La respuesta fue de un tremendo apoyo espiritual. Después de los conciertos de Navidad, mucha gente se acercó a Sue para asegurarle que uniría sus oraciones con las de los demás vecinos. En el mes de marzo, una mujer de Dakota del sur, incluso llegó a predecir que para esta misma época, el año siguiente, Sue tendría una hija. Aunque Sue y Kenny no parecían estar más cerca de decorar el cuarto de niños de su casa, les ayudaba saber que a mucha gente les importaba esto que ellos sufrían.

El fin de semana del Día de la Madre, Sue llevó en coche a su madre a la ciudad de Kansas, para que esta pasara algún tiempo en casa de la hermana de Sue, Shelley, que concurría a la universidad del lugar. Durante todo el sábado estuvieron visitando tres centros comerciales, y Sue en todo momento no dejó de cerrar las puertas de su coche, cada vez que estacionaban y bajaban de él.

-Es cómico ver lo precavidos que somos en la gran ciudad, pero no tiene sentido dejar de serlo.

El domingo por la mañana, las tres se despertaron y se encontraron con un día lluvioso. Se quedaron en el apartamento de Shelley y almorzaron temprano. La lluvia continuaba, de modo que al final decidieron salir. Corriendo para no mojarse mucho, chapotearon hasta llegar al estacionamiento a buscar el coche de Sue.

-¡Apúrate! ¡Me estoy empapando! -dijo Shelley riéndose, mientras Sue desbloqueaba la puerta del conductor; después pulsó el interruptor para las demás.

Shelley se echó en el asiento delantero, mientras que su madre lo hacía en el de atrás.

-¡Miren esto! -exclamó cuando sus hijas se volvieron. Sobre el asiento trasero había un escarpín color rosa.

-¿ Cómo apareció esto aquí? -preguntó Sue-. No estaba ayer, mamá.

-No -dijo su madre-. Estuve subiendo y bajando de este asiento todo el día y en ningún momento lo vi.

-Tal vez pudo quedarse atascado detrás del asiento, quizá sea de una de tus amigas de Frankfort -pensó en voz alta Shelley:

Sue negó con la cabeza.

-Lo dudo. Los hijos de mis amigas son todos mayores. No recuerdo que haya subido un bebé a este coche.

Las mujeres estuvieron preguntándose sobre esto durante un rato. -Alguien debió haberlo encontrado cerca del automóvil y lo echó adentro, pensando que era nuestro –volvió a sugerir Shelley.

-Pero -señaló Sue- en ningún momento se abrió el coche. Tú sabes que cierro las puertas cada vez que me bajo. ¿Y por qué iba alguien a pensar que el escarpín nos pertenecía? Aquí me parece que nadie nos conoce.

-Mira lo embarrado y mojado que está ahí afuera -agregó la madre de Sue-. Este escarpín está limpio y seco.

Las mujeres volvieron a quedarse en silencio, buscando alguna explicación lógica. Ninguna solución parecía ir bien con la situación. La posición del escarpín parecía a propósito, como si alguien hubiera deseado asegurarse de que se viera.

-¿Qué sucede si … ? -Sue no pudo terminar la frase. Las otras sabían lo que estaba pensando. ¿Era aquel escarpín un mensaje del cielo, una señal de que todas aquellas oraciones que se elevaban desde las llanuras de Kansas estaban por ser escuchadas?

Sue casi ni se animaba a abrigar esperanzas. Se llevó el escarpín a su casa, lo colocó en su Biblia y esperó. Esperó hasta que se dio cuenta de que en verdad estaba embarazada, había quedado embarazada la mañana del Día de la Madre y sería madre pronto, tal como lo había predicho la señora de Dakota del sur, de una niña.

-Cuando la gente me preguntaba cómo podía estar tan segura de que sería una niña, simplemente yo le mostraba el escarpín rosado -dice Sue-. ¿Habría Dios enviado algo de color rosa por otra razón?

Hoy, cinco años después, el escarpín cuelga de la cama de Paige Elizabeth Burton, como un recordatorio siempre presente de que Dios contesta nuestras oraciones. En realidad, El responde en abundancia, ya que Paige ahora tiene una hermanita.

-No tengo duda de que fue un ángel el que dejó el escarpín como señal para mí -dice Sue.

Para Sue, todos los días son el Día de la Madre.

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