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El arco iris de Andy

Piensa en él como si fuera el mismo, porque

yo digo que no está muerto; simplemente está lejos.

 

JAMES WHITCOMB RILEY “NO ESTÁ MUERTO”

 

Cuando Andy Bremner, de once años de edad, regresó a su casa proveniente de un campamento para enfermos de cáncer, trajo para su madre, Linda, una pequeña visera para el sol. Era un arco iris de plástico, uno de los símbolos favoritos de ella. Sin embargo, Linda casi ni miró el regalo. Un hospital de Wisconsin acababa de informarle que Andy era candidato para un trasplante de médula ósea, y ella en realidad estaba entrando en un estado de pánico. No tenía idea alguna de cuánto tiempo se quedarían, pero cuanto antes ella pusiera a su hijo en el camino de la esperanza, mejor se sentiría.

En Wisconsin, Linda alquiló un pequeño apartamento, aunque pasaba la mayor parte del tiempo en el hospital, primero alentando a Andy para tolerar su trasplante, luego sentada ansiosa al lado de su cama. Rezó por su cura, tal como lo había hecho en forma constante desde el comienzo de su enfermedad. Dios no le daba respuesta, ese Dios lejano y distante de su infancia. Y aunque el trasplante tuvo éxito, los cuatro años anteriores de quimioterapia y radiaciones habían hecho su cuota en Andy. En lugar de crecer fuerte, parecía debilitarse cada día más.

Una mañana, desesperada por interesarlo en algo que lo distrajera de aquel dolor cada vez más fuerte, Linda buscó en el negocio de regalos del hospital y encontró un prisma, un adorno pequeño que refractaba luz.

-Mira cómo hace el arco iris, Andy -dijo cuando se lo dio-. ¡Ahora puedes hacerme uno para mí!

Muy débil, Andy estudió el prisma.

-No tengo ganas, mami -dijo, dejándolo caer de sus dedos sin fuerza.

-Seguro que sÍ, Andy -lo presionó Linda-. Vamos. Sostenlo frente al sol y me haces uno, ¿sÍ?

Los ojos de Andy estaban entrecerrados.

-Mami -murmuró-, algún día te haré un arco iris como jamás hayas visto.

-¡Esto está muy bien, cariño! -Linda trató de hablar con entusiasmo, aunque Andy ya se había quedado dormido.

Los días pasaban lentamente y Andy estaba cada vez más delgado. Le habían colocado un respirador, y hacia el final de la semana en el hospital, entró en coma y lo llevaron a terapia intensiva. Linda llamó por teléfono a los miembros de su familia y les pidió que vinieran a Wisconsin. El momento se acercaba.

Andy estuvo inconsciente por una semana, pero Linda se quedaba cerca de él constantemente, aún con la esperanza de un milagro.

-Dios, cúralo -continuaba rezando-. Haré cualquier cosa… cualquier cosa que me pidas -no obstante Dios parecía estar en otra parte.

Justo antes de que amaneciera el 31 de agosto, la respiración de Andy se hizo cada vez más espaciada. Uno de los médicos había llegado y ahora le hablaba con gentileza a Linda.

-Si usted lo autoriza, podemos quitarle a Andy el respirador.

¡No! Linda sabía que había daño cerebral, que el niño que ella había conocido se había ido para siempre. Pero si Dios hacía un milagro ahora, si Elle salvaba la vida a su hijo, ella aceptaría a Andy en cualquier condición. ¡Dios, por favor! Dios no contestaba.

Estaba oscuro en la habitación y por primera vez desde que Andy había entrado en coma, Linda abrió las cortinas para ver el gris que se extendía en el exterior.

-Quiero ver el sol cuando salga -le dijo al médico y a la familia que se había reunido. Cuando las cortinas se abrieron, Linda vio sobre el cristal la misma clase de arco iris que tenía la visera que Andy le había traído del campamento. Oh, aquel había sido un día lleno de esperanzas, con el trasplante y la posible cura que esperaba ahí, no mucho más adelante.

El sueño había concluido. Ahora, sentada al Iado de la cama donde había permanecido, por lo que parecía, una semana interminable, Linda tomó el frágil cuerpo del hijo entre sus brazos.

-¡Lucha, Andy! –comenzó a susurrar-. Vamos, tú puedes hacerlo…

Pero incluso cuando se formaban en sus labios aquellas palabras, ella sabía que ya no era el mensaje correcto.

-Oh, Andy -con lágrimas en los ojos, lo acunó en brazos y le susurró en la penumbra de la habitación-. Ya has luchado lo suficiente. Ahora es tiempo de que te dejemos ir. Vete a casa ahora, cariño. Vete a casa.

Durante un momento después de que se desconectaron los tubos, Andy continuó respirando. Una respiración, dos… y después el silencio. Linda sintió una sensación de derrota. El ahora es Tuyo, Dios, pensó.

De repente, cuando el sol asomaba por detrás de una colina, su luz iluminó el pequeño adorno que estaba en la ventana, y un glorioso estallido de colores, el arco iris de plástico que se multiplicaba, haciéndose cuatro, ocho, treinta arco iris, llenando la habitación de brillo y de vida. Como una explosión de alegría, los arcos bailaban, rebotaban, saltaban por los tubos de plástico, giraban en remolino sobre la frazada como si fuera un caleidoscopio de rojos, azules y verdes, como si Dios hubiera enviado un millón de prismas para magnificar sus rayos. La muestra de color siguió y siguió, mientras todos miraban asombrados. Era… un arco iris como Linda jamás había visto en toda su vida.

-En aquel momento -dice ahora-le dije adiós a Andy y hola a Dios, quizá por primera vez. El no era Alguien salido de un libro o Alguien sobre quien me contaron mis padres. Ahora El era mío. El se había llevado a Andy a un lugar mejor y El estaría conmigo para siempre. Acababa de decírmelo.

Varias semanas después, Linda estaba limpiando los cajones de Andy cuando encontró una pequeña agenda de direcciones con la lista de nombres de otros niños del campamento de enfermos de cáncer. Al recordar cuánto le había gustado a Andy recibir correspondencia cuando estuvo enfermo, Linda se quedó un momento con el libro en las manos. ¿Qué sucedería si ella le escribía una nota en tono amistoso a cada uno de los niños, como una especie de legado de Andy? Ella aún lo estaba pensando, cuando al día siguiente llegó el correo con una simpática tarjeta de colores de un amigo, con una frase que decía, Te doy la bienvenida para que compartas mi arco iris.

Linda recordó el sendero multicolor de Andy. Tomó una hoja de papel y comenzó a escribir.

Hoy, las Cartas de Amor llegan a más de mil niños con enfermedades crónicas, cada mes, con tarjetas, juguetes y amor, en especial amor, de Linda, los amigos que la ayudaron… y de Andy, cuyo arco iris fue el que comenzó todo

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