Sede del Instituto Gentenatural instituto gente natural

El último adiós

-Soy el hada del cuarto de los ni/los -dijo ella-. Cuido todos los juguetes que los niños aman. Cuando se ponen viejos y gastados… entonces vengo y me los llevo para que vuelvan a ser nuevos.

 

MARGERY WILLlAMS, EL CONEJO DE ALGODON

 

 

Cuando Ashley Waddle nació, hace unos años, para la familia fue un acontecimiento de mayor alegría que lo normal. Eso se debió a que Ashley era la primera bisnieta de Mary Stutville. No muchas personas tienen el privilegio de tener bisnietos y Mary estaba encantada de ser la “Nona” de una nueva generación.

El padre de Ashley, Scott, era comandante de la marina. El, su esposa Jill y su hijita debían mudarse con frecuencia, y Mary no veía a Ashley tanto como le habría gustado.

-Pero íbamos a Austin, Texas, donde vivía la Nona con los padres de Scott, tan a menudo como nos era posible, además de enviarle fotografías y cartas en forma regular -dice Jill. La Nona y Ashley también hablaban por teléfono, estableciendo entre ambas un vínculo muy especial.

Los Waddle vivían en Connecticut cuando recibieron la noticia de que la bisabuela estaba internada en el hospital, por una úlcera. Se preocuparon por la noticia, pero estaban seguros de que se recuperaría. Sin embargo, su condición empeoró. Una noche, después de que Scott y Jill acostaran a Ashley en su cama del dormitorio del segundo piso, bajaron a ver la televisión en el saloncito de la planta baja. Poco tiempo después, llamó la madre de Scott con la noticia de que la bisabuela había muerto.

-Es extraño, pero los últimos pensamientos de la Nona parecieron ser para Ashley -le dijo la madre de Scott-. En los últimos días tu abuela estuvo hablando de lo dulce que era Ashley y de cómo la extrañaba -Scott colgó. Ashley no volvería a ver a su bisabuela, por lo menos en esta vida.

Se sentó junto a Hill y le contó lo que había sucedido. Los dos se quedaron en silencio por un rato, pensando en la mujer a la que habían amado tanto.

-¿Te parece que debemos explicarle algo a Ashley? -preguntó Hill

Scott no creía que fuera necesario. Ashley no tenía tres años de edad y hacía varios meses que no había visto a su bisabuela. ¿La recordaría? Además estaba durmiendo dos pisos más arriba, era seguro que no lo había oído hablar por teléfono.

A la mañana siguiente, Ashley entró al dormitorio de sus padres y de un salto se metió en la cama.

-¡Vi a la Nona! -anunció con alegría-. ¡Ayer por la noche estuvo en mi habitación!

Jill se sentó en la cama.

-¿A qué te refieres, Ashley?

-La Nona vino y se puso a saltar sobre mi cama, así -Ashley les hizo una demostración muy efusiva-. Estaba feliz. Después me dijo que se tenía que ir, porque regresaba a su casa en el cielo -Ashley volvió a saltar-. Ahora está en el cielo, mami. ¿Me das el desayuno?

Scott y Jill se miraron asombrados. Habían pensado que Ashley ni se acordaría de su bisabuela. En lugar de ello, la Nona había trascendido el tiempo y el espacio para hacer honor a este vínculo especial con su bisnieta y darle el último adiós.

El suegro de Kathleen Gusloff tuvo una muerte repentina y ella y su marido se sintieron invadidos por la pena de aquella pérdida. Era especialmente difícil, ya que su hijo menor, David, tenía sólo nueve meses de edad. Ahora jamás conocería a su abuelito, salvo a través de fotografías y de las historias que Kathleen y Tom pudieran contarle.

La noche del funeral, la pareja se quedó en la casa de la familia de Tom y juntos se acurrucaron en una cama, con David acostado en una cuna portátil al Iado de ellos. Tom se quedó dormido profundamente, vencido por el cansancio. Kathleen, que recordaba los tristes acontecimientos del día, lloraba en silencio. De repente, oyó que su bebé hacía pucheros y se reía. Cuando se volvió para mirarlo en medio de la habitación en penumbras, Kathleen vio algo increíble. Una bola de luz giraba, parpadeaba y hacía remolinos sobre la cuna de David, que gargajeaba de placer.

-Oh, Dios mío -Kathleen dio un salto y corrió hacia la cuna. ¿Se estaba incendiando? Tomó la frazada que cubría al bebé para ver qué había en ella. Pero de nuevo, la bola de luz bailó y giró sobre David, para después atravesar su cuerpito. David estaba feliz, casi en forma íntima, como si él supiera algo … Después la luz se fue. ¿Fue una ilusión?

-Tom, ¿viste eso? -Kathleen estaba segura de que su llanto había despertado al marido.

Pero Tom negó haber visto algo.

-¿Una bola de luz? -se rió cuando Kathleen trató de explicarle lo que había sucedido-. ¡Debes haber estado soñando!

Kathleen se sintió dolida y confusa por su actitud, y no supo qué decir.

A la mañana siguiente, Tom con humildad se disculpó.

-Me burlé de tu historia, Kath, porque no deseaba admitir que yo vi lo que tú viste -le dijo-. Fue una luz, que hacía zig zag alrededor de David. ¿Qué significaría?

-Por alguna razón, Tom, creo que fue tu padre -le dijo Kathleen lentamente-. ¿Te parece una locura?

-No -dijo Tom. El también estaba llegando a la misma conclusión.

Los Gusloff jamás volvieron a ver aquella luz. Varios meses después, finalmente colocaron una fotografía del padre de Tom en la sala de estar. David la vio y de inmediato fue hacia ella.

-¡Abuelito! -dijo feliz, señalando la fotografía.

¿Cómo lo reconoció?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

*

Google
 
Web gentenatural.com.ar

Colaboraciones