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La rosa blanca con rocío

Así, después de un tiempo de lágrimas, puede volver a nosotros la alegría sobria y descansada.

 

HENRI FREDERIC AMIEL, DIARIO, 21 DE SEPTIEMBRE DE 1868

 

 

Ryan James Griffin, de tres años de edad, el menor de cinco hermanos, perdió su vida a principios de junio de 1987. Aunque le tenía miedo al agua, la familia lo encontró muerto en la piscina, cinco días después. Sus padres, Teresa y Ray, no tenían consuelo.

-Casi no tenía fuerzas para levantarme -dice Teresa-. Me sentía literalmente enloquecida por el dolor. -¿Por qué su pequeño hijo había estado cerca de la piscina? ¿Cómo pudo caerse? Nadie lo sabía.

Tal vez lo único que mantenía a Teresa para que no se deteriorara por completo era que esperaba un hijo. Tenía un embarazo de seis meses, y esperaba un varón que se llamaría Michael. Un hijo jamás puede reemplazar a otro, pero Teresa sabía que ella debía seguir sana por la vida de este niño.

Durante los días que siguieron al funeral, Teresa temió que su vínculo con Ryan se hubiera roto por completo. ¿Dónde estaba él ahora? Era tan pequeño… ¿estaba en un lugar seguro? ¿Era feliz? Las preguntas la destrozaban. En el fin de semana del Día del Padre, cuando ella y Ray iban camino de la playa para tener un breve descanso, Teresa sufría intensamente.

-Oh, Ryan -le susurró en el coche-, ¿puedes darme una señal de que estás cerca de mí?

De repente, en su mente aparecieron estas palabras: “La rosa blanca con rocío”.

Una rosa blanca con rocío. ¿Qué significaba? ¿Era este un mensaje de Ryan? No, debía estar imaginándose cosas. Estaba tan cargada de su dolor, tan desesperada para volver a establecer un contacto, aunque sólo fuera momentáneo. Pero Ryan se había ido.

Aquella tarde, Teresa se llevó una revista a la playa para leer algo. La abrió distraídamente en un anuncio publicitario a doble página de un maquillaje y crema humectante, y su corazón dio un sobresalto. En el centro del anuncio había una enorme rosa blanca, con rocío sobre los pétalos.

¿Era eso…? No, aquello era una mera coincidencia. Más tarde Ray, que no sabía nada sobre el deseo de Teresa, llegó hasta el apartamento con una rosa blanca.

-Esto es para ti -y se la alcanzó a su esposa.

-¿Por qué esto? -le preguntó maravillada.

-No lo sé -Ray se encogió de hombros-. La vi afuera y pensé que a ti te gustaría. -De uno de sus pétalos caía una gota de rocío.

Quedaba todavía tanta pena por delante, meses, incluso años de dificultades, pero Teresa se vio fortalecida desde ese día con la idea de que podría comunicarse con su hijito, incluso cuando no fuera como lo hacía antes.

-Ahora, cuando más lo necesito, me llega una tarjeta por correo con una rosa blanca -dice ella-. O le pido a Ryan que me ayude con su hermano menor y con cosas que de alguna forma hay que resolver.

No obstante, pasó un año, después dos y Teresa no estaba más cerca de resolver el misterio: ¿cómo y por qué se ahogó? Ella estaba segura de que no sentiría alivio hasta que lo supiera y a menudo le pedía a Dios que la ayudara a encontrar una respuesta.

Una mañana, Michael, que entonces ya tenía dos años y medio, se acercó a Teresa.

-Mami -dijo de pronto-, quiero saber de Ryan.

Desde que Michael nació después de la muerte de Ryan, se le había dicho que su hermano mayor estaba en el cielo, pero nada más.

Ahora él estaba sentado en el sofá con Teresa y, en la forma directa en que lo hacen los niños, fue derecho al grano.

-Traté de hacer que el alma de Ryan volviera a su cuerpo, mami, pero no pude -dijo él.

-¿De qué estás hablando, Michael? -preguntó Teresa, como si estuviera mistificada. Ella jamás había oído a su hijo tan pequeño usar la palabra alma.

-El estaba corriendo y se golpeó la cabeza, después hizo gluglú -dijo el niño.

El corazón de Teresa comenzó a latir acelerado.

-¿y después qué sucedió, Michael?

-Después bajó una luz, como la de la linterna.

-¿Dijo la luz algo? -las lágrimas se agolpaban en los ojos de Teresa.

-La luz dijo, “Te amo, Ryan”. -Michael había hecho una revelación. Se puso de pie y fue a buscar su camión volcador.

Teresa quedó consternada. Michael ni siquiera había nacido en aquel tiempo y no sabía nada de las circunstancias que rodearon la muerte de Ryan. Y, sin embargo, la descripción tenía sentido. Si Ryan en verdad se había golpeado la cabeza para después caer al agua, era la explicación que necesitaba.

¿Cómo lo había sabido Michael? Ella sintió que sabía la respuesta. De alguna manera las almas de los niños se habían encontrado, una en su camino hacia la tierra y la otra hacia el cielo.

Más tarde, Teresa recordó que, después del funeral, los padres de uno de los compañeritos de Ryan le habían contado algo similar. Su hijito de tres años había insistido en que Ryan había venido a jugar con él la noche anterior.

-Ryan dijo que él se golpeó la cabeza y se cayó a la piscina -había contado el niño a sus padres. Pero nadie lo había tomado en serio.

-Existen muchas cosas sobre la vida terrenal que no comprendemos -dice hoy Teresa-. Yo creo que debemos mantener abierto nuestro corazón a lo que Dios está haciendo y tener fe. -y ella tiene fe de que volverá a ver a Ryan. El está, dice ella, a sólo un latido de distancias

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