Los hílos dorados de la esperanza
No se ve bien sino con el corazón. Lo esencial
es invisible a los ojos.
ANTOINE DE SAINT-EXUPERY, EL PRINClPlTO
Como si fueran hilos dorados que vienen del cielo, los seres queridos vienen cuando más necesitamos su estímulo. Kevin les contó a los oyentes de radio CFRB de Toronto sobre lo que le sucedió cuando él era un tímido muchacho de diecisiete años y decidió correr su primera maratón. Aunque el abuelo de Kevin había muerto cuando él era sólo un bebé, siempre estuvo cerca de su abuela en Escocia y, antes de la carrera, la llamó por teléfono para pedirle que rezara.
-Te enviaré una ayuda especial -le prometió la anciana. Kevin corrió bien, pero cuando le quedaban cerca de tres kilómetros, sintió que se estaba quedando. ¡Cómo odiaba rendirse después de haberse entrenado tanto!
-Justo en ese momento un joven de mi edad, con pantaloncitos y zapatillas, me pasó -dijo Kevin-. Le dije que estaba por abandonar. -¡No, no puedes hacer eso! -insistió el otro corredor-. ¡Me quedaré detrás de ti todo el camino!
De repente, Kevin sintió que se llenaba de energía y siguió corriendo. Podía oír al joven que corría detrás suyo, pero cuando cruzó la recta final y se dio la vuelta, vio que no había nadie en el camino.
Unos días después, Kevin encontró un viejo álbum familiar y vio la foto amarillenta de un joven con pantaloncitos de gimnasia. Se le erizó la piel. Era el joven que lo había animado durante la carrera. ¿Pero cómo?
Kevin dio la vuelta a la fotografía. En el reverso estaba escrito el nombre del joven. Era de su abuelo, cuando tenía diecisiete años.
Kevin había sentido la necesidad imperiosa de afianzar su propia personalidad. Al darse cuenta de que podía ganar si trabajaba duro y de que había alguien especial que lo cuidaba, ganó la confianza necesaria para entrar en la vida adulta.
En los años cuarenta no se sabía mucho de adicciones cuando, Bob*, un joven granjero, comenzó a darse a la bebida. Para cuando cumplió los treinta y dos años, con una esposa y tres hijos, Bob ya era un alcohólico declarado. De repente su padre murió, dejando a Bob solo al frente del negocio de siembra mecánica que ambos habían comenzado hacía ya varios años.
-Mi padre extrañaba mucho a su padre -dice su hija Chris Tuttle-, y comenzó a pensar más seriamente en cómo vivir su propia vida. -En abril de 1967, Bob abandonó por completo la bebida.
Poco tiempo después, Bob contrató a una persona sin trabajo fijo, Pete*, que también era alcohólico. Separado de su esposa, Pete no tenía un lugar donde quedarse, ni transporte propio para ir y venir a la sembradora. Bob le dio a Pete empleo, un cuarto en su propia casa y apoyo para tratar de que se mantuviera sobrio.
-Mi padre se preocupaba verdaderamente en ayudar a otros que lo necesitaran -recuerda Chris-. No era algo fuera de lo común para él tenderle una mano ni ser amigo de alguien en las condiciones de Pete.
No obstante, a pesar de la amabilidad de Bob, Pete no podía mantenerse sobrio. Regresó al alcohol y poco después se suicidó.
La pena y la impresión por la pérdida de dos personas significativas en su vida, el esfuerzo de llevar adelante su negocio, proveer a las necesidades de su familia y controlar su propia adicción, todo pareció empujar a Bob nuevamente a la bebida. Poco a poco, su personalidad cambió. Habiendo sido una vez una persona vivaz, se transformó en alguien depresivo, letárgico y poco comunicativo. Rechazaba dormir por las noches y, en cambio, caminaba por la habitación. Preocupadas, su madre y esposa lo llevaron a la sala de psiquiatría de un hospital para veteranos.
Pero el día siguiente a su internación, su esposa recibió una llamada del hospital.
-Su esposo se escapó -le dijo una de las autoridades.
-Mi madre no podía creerlo -recuerda Chris-. Les dijo a las autoridades que comenzaran de inmediato la búsqueda. -Amigos llenos de preocupación y parientes de la familia se reunieron en la casa. Algunos lloraban. Algo terrible podría sucederle a Bob. ¿Qué debían hacer?
Chris, que tenía seis años, estaba confundida.
-¿Por qué todos están molestos? -preguntó.
-No podemos encontrar a tu papá, cariño -trató de explicarle uno de los parientes.
¿No era eso para lo que estaba Dios?, se preguntó la niña.
-Todo lo que debemos hacer es contarle a El sobre esto – señaló.
La mujer miró a Chris. Por las palabras de una criatura…
-Reza por tu papá -le dijo.
Chris se metió en la cama y se acurrucó entre las cobijas. Pensó en su padre. ¿Qué importaba si los demás creían que él estaba perdido? Dios sabía dónde estaba.
-Dios -susurró-, rezo por mi papá yeso es todo lo que puedo hacer. Tú cuídalo ahora. Estoy cansada y me vaya dormir. -y así lo hizo.
Pocas horas después, las autoridades del hospital encontraron a Bob. Había estado vagando por una autopista de doble sentido, que estaba a varios kilómetros de la institución. No tenía dinero, ni números telefónicos donde llamar, ni ningún lugar adonde ir por ayuda. Más aún, los testigos dijeron a las autoridades que Bob, de forma deliberada, se movía en medio del tráfico de coches, aparentemente tan deprimido que su única opción era ser arrollado por un vehículo. Pero, increíblemente, nada lo tocó. En todo momento, los coches lo esquivaron justo a tiempo.
-La explicación que papá más tarde dio convenció a todos de que estaba sufriendo una alucinación -dice Chris. Como resultado de eso se le diagnosticó una enfermedad mental y regresó al hospital para recibir tratamiento. A pesar de todo, respondió bien y pronto volvió con su familia completamente recuperado,
No obstante, Bob y Chris atribuyen su cura a algo más importante que los médicos y la terapia, ya que Bob aún sostiene que él no estaba solo cuando vagaba sin rumbo aquella noche en la autopista. A su lado caminaban, dice él, su padre y su amigo Pete, que de nuevo estaban vivos y sanos.
-Vinimos a protegerte, Bob -le explicaron cada uno de los hombres. Yeso fue lo que hicieron, al escudarlo de los coches que venían a velocidad, haciendo que no se sintiera solo, cuidándolo hasta que la ayuda llegara.
Bob jamás volvió a verlos. Pero él cree que ellos vinieron aquella noche en respuesta a la llamada de su hija, trayéndole cura y esperanza a su vida.

