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El milagro de la multiplicación

Por milagros no queremos decir contradicciones a la Naturaleza. Sino que, librada a los recursos propios de ella, jamás esta podría producirlos.

 

C. S. LEWIS, MILAGROS

 

 

La fiesta judía de Chanukah, fiesta de las luces, rememora el acontecimiento bíblico de una lamparilla con aceite suficiente para arder un solo día, y que sin embargo duró ocho días para proteger al pueblo de Dios. Jesús multiplicó panes y peces para alimentar a sus seguidores, en más de una ocasión. Y aparentemente, Dios continúa haciendo cosas de la nada cuando su pueblo lo requiere.

En El Paso, Texas, un fenómeno así sucedió en 1972, cuando un miembro de un pequeño grupo de oración leyó un pasaje de la Biblia sobre la preparación de un banquete.

-”Cuando des un banquete, llama a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos, y serás dichoso…” -decía (Lucas 14:13). El grupo, conducido por el padre Richard Thomas, decidió compartir la cena de Navidad con unos cirujas mejicanos y sus familias que vivían en Juárez, Méjico, gente sin tierra que se mantenía vendiendo lo que podía encontrar en los vertedores que se extendían por el Río Grande.

Le llevó varios días al grupo de oración preparar una mesa abundante. Pero la palabra ya se había difundido y los invitados de Juárez sumaban más de trescientas personas, dos veces lo que se esperaba. Sin embargo, hubo suficiente comida. Preocupado, el voluntario asignado para cortar las lonchas de jamón informó que estas siempre eran las mismas, aunque cada comensal recibió una generosa porción. Los tamales parecieron multiplicarse en las bandejas de servir. Cuando todos terminaron de comer, quedaron sobras de comida en abundancia como para que los invitados se llevaran a sus casas.

Los miembros del grupo de oración estaban desconcertados. Animados por la abundancia inexplicable que habían tenido para aquella Navidad, decidieron continuar lo que habían comenzado, ofreciendo a los vecinos de Juárez tanto ayuda material como espiritual. Poco a poco, las cosas comenzaron a cambiar. Las luchas encarnizadas entre las familias de los cirujas disminuyeron, y dieron paso a la reconciliación y a la cura de viejas heridas. Los voluntarios de ambas ciudades construyeron un rancho de alimentos y pescados, una fábrica de ladrillos y un tanque cisterna para el agua. Las curaciones de enfermedades físicas se hicieron comunes. Las conversiones espirituales abundaron. ¿Y la multiplicación de alimentos?

Continúa hoy en día. Harina para hacer tortillas, uvas de la granja, latas de leche condensada para los niños, incluso materiales para revocar las construcciones, todos estos elementos, útiles para la vida diaria, y muchos más se multiplicaron misteriosamente; dan testimonio de ello varias personas.

-Las multiplicaciones no son tan frecuentes y por supuesto no son predecibles -explica el padre Thomas-. Y aunque intentamos llevar un registro, resulta casi imposible. Francamente, no tenemos los medios necesarios para hacer un seguimiento de todos los milagros que Dios hace aquí12.

Eileen Freeman, autora de Tocada por los ángeles, tuvo una experiencia similar cuando era estudiante en la Facultad de Barnard. Durante el verano de 1969, vivió en una pequeña comunidad dedicada a la oración en Ann Arbor, Michigan. Los hombres y mujeres dormían en casas separadas, pero se juntaban para la cena.

-Todos contribuíamos a la compra de alimentos y todas las noches nos turnábamos para cocinar -dice Eileen-. Siempre eran bienvenidos los invitados, ya se tratara de miembros de la comunidad académica o de peregrinos que necesitaban comida.

Una noche, Eileen fue a preparar la cena y se encontró en el congelador con sólo dos kilos de carne. Aunque agregó bastante miga de pan y otros ingredientes de relleno, el pastel de carne casi no alcanzaba para darle a cada uno de los doce comensales una pequeña tajada. ¿Y qué sucedería si llegaban otros invitados?

Justo cuando todos estaban a punto de sentarse a la mesa, una furgoneta estacionó en la entrada y varios jóvenes bajaron de ella. Acababan de terminar un largo retiro en la Facultad de Bastan y, deseosos de compartir aquellas maravillosas experiencias con la comunidad de Ann Arbor, habían hecho más de mil trescientos kilómetros sin detenerse.

Por supuesto que estaban invitados a cenar. Eileen hizo un rápido recuento de los comensales. ¡Diecinueve! Sacó más pan, hizo otra fuente de puré instantáneo y se unió a los demás para la ferviente bendición de la comida. Alguien cort’ó una tajada de pastel de carne y pasó la bandeja.

-Fue una cena maravillosa, con estos invitados que nos contaron historias de cómo durante el retiro habían comenzado a conocer más a Jesús -recuerda Eileen. Hubo oraciones, canciones y risas. Y sorprendentemente, también pastel de carne. Cuando todos se sirvieron por segunda vez, la bandeja de pastel estaba por la mitad, sin embargo seguía así cuando se sirvieron por tercera vez. Sorprendidos y dichosos, los jóvenes dieron las gracias a Dios por su presencia entre ellos.

Y aún no habían terminado. Hubo suficiente pastel de carne para comer al día siguiente.

 

 

¿Qué sucede si no es la cantidad sino la calidad lo que se necesita cambiar? Pat Mullins es líder de Efesios 1:4, un grupo de oración con quinientos miembros en Dublin, California. La gente, a menudo, se ayuda mutuamente en los proyectos, de modo que cuando Pat debió pintar la casa que su hija alquilaría, un piloto de aerolínea, una maestra jubilada, un contratista y varias personas “normales y amables” del grupo, se ofrecieron como voluntarios para ayudar.

-Yo no tenía mucho dinero y, como el contratista tenía siempre restos de pintura que guardaba en su almacén, nos dijo que tomáramos lo que necesitáramos -dice Pat-. Yo deseaba un mismo color neutro para toda la casa, de modo que en una lata de base blanca, agregué un poco de azul, y el resto de pintura color melocotón … Finalmente conseguí una bonita tonalidad que creí iría bien con este trabajo.

No fue asÍ. Con la mitad de las habitaciones por pintar, la pintura se acabó. Los pintores improvisados se miraron entre sí. ¿Qué hacer ahora? No había posibilidad de conseguir el mismo color, al menos con la mezcla al azar que yo había conseguido hacer. El único color de base que quedaba era damasco, que no era un tono neutro.

De todas formas, fuimos al almacén y comenzamos a mezclar, a revolver y a rezar, con la esperanza de que no tuviéramos que volver a pintar con una nueva mezcla.

-La gente del grupo de oración está acostumbrada a hacer las cosas junto a Dios -dice Pat-. Siempre asumimos que lo que El haga es perfecto y que, aunque tal vez no sea agradable, si Ello hace de esta manera, nos mostramos deseosos de obedecer.

Las plegarias de los pintores se vieron recompensadas. Ya que, a pesar de utilizar diferentes proporciones y colores, la nueva pintura resultó ser la tonalidad exacta de la utilizada anteriormente.

-Un profesional no podría decir dónde nos habíamos detenido y dónde habíamos retomado el trabajo -dice Pat.

Es natural el deseo de proveer a nuestras propias necesidades. Pero a veces debemos apoyarnos en Dios.

-Y cuando tenemos voluntad de que El sea nuestra fuente y recurso -señala Pat-, los resultados son siempre maravillosos.

 

 

¿Se produce la multiplicación sólo en grupos? Patricia Story dice que no. Nativa de Nueva York, vivió en uno de los barrios ricos de Long Island hasta 1977, cuando su marido fue transferido a Albuquerque. La familia deseaba el cambio. Compraron un terreno en una pintoresca elevación a más de dos mil metros, cerca de las montañas de San Pedro y colocaron una casa rodante enorme hasta que pudieran construirse su propia casa.

Pero sus sueños comenzaron a frustrarse. El marido de Pat desarrolló una diabetes y la compañía en la que trabajaba lo despidió. Comenzó un negocio con los fondos que tenían ahorrados para la casa y en 1985 murió repentinamente de un aneurisma. Sólo después del funeral pudo Pat descubrir que él había solicitado un préstamo con cargo a la póliza del seguro de vida y que había contraído algunas deudas, bastante importantes.

Pat mantuvo a flote el negocio durante unos años y pudo pagar la mayoría de las deudas. Pero no podía mudarse a un apartamento y llevar una vida más fácil, ya que los alquileres eran demasiado elevados. Sus hijos, ahora crecidos, tenían problemas para encontrar empleo, en especial durante el invierno, cuando el clima tan frío lo complicaba todo. Poco a poco, Pat comenzó a tener problemas de salud.

-Yo, que una vez tuve una casa con nueve habitaciones, joyas, ahora estaba preocupada por el pago de la factura de electricidad o la cuenta del médico -dice ella. Aunque siempre ha sido una cristiana tibia, ahora comenzó a rezar.

En febrero de 1992, Pat recibió una factura de agua por 190 dólares y descubrió que había una fuga debajo del remolque en la tubería de agua caliente.

-Con más de un metro y medio de nieve, ciertamente era difícil notarlo -dice ella. No podía pagar la factura, de modo que le cortaron el agua. Una vez al día, la familia llenaba jarras con nieve y la calentaban, para poder lavar y cocinar.

El 30 de marzo, Pat hizo que el suministro de cien galones de gas propano que usaba para la calefacción viniera de un tanque preparado que estaba en el exterior. Si lo usaba con mucho cuidad”, podría durar dos meses. ¿Y después qué? No había más dinero.

Miró en los alrededores del remolque. Había acumulados restos de coches, ella misma estaba exhausta en cuerpo y alma, y tal vez fue en aquel momento cuando Pat se entregó por completo a los brazos de Dios.

-No puedo hacer nada más -le dijo a El-. Todo lo que siempre provees y ahora deberás hacerlo.

Unas semanas más tarde, el hijo de Pat le trajo un enorme ramo de rosas-. Conseguí trabajo de jardinero, podando árboles del parque. Estas las habrían tirado a la basura.

Pat adoraba las flores y hacía años que no había recibido un regalo. Las colocó donde pudiera disfrutar de su perfume. Parecían algo más que flores, de alguna manera, era casi una señal de que algo bueno estaba por suceder.

Una semana después, las flores se marchitaron, y mientras las estaba tirando, Pat recordó verificar el tanque de propano. Cuando miró el indicador, se mostró incrédula. Todavía le quedaban noventa galones, cuando debería haber estado marcando menos que la mitad. ¿Estaba roto el indicador? La compañía de gas dijo que no, agregando que Pat seguramente estaba usando menos combustible.

Sin embargo, ella no había alterado su rutina. Pasaron los meses y el indicador seguía casi en el mismo lugar. Sin gastar tanto en combustible, Pat comenzó a ponerse al día, además de sucederle algunos otros acontecimientos extraños. Cuando se le rompieron las costosas gafas que usaba, su hija le compró un par por 11,95 dólares que le iban mejor que cualquier otro que Pat hubiera usado antes. Otra de sus hijas encontró trabajo justo cuando todos necesitaban comprarse ropa. Después del otoño, Pat se enteró de que tenía un hueso roto en una de sus piernas, pero que este, de alguna forma, se había soldado solo. Y el suministro de propano seguía llegando.

Finalmente, en noviembre, nueve meses después del último pedido, Pat hizo otra compra para el invierno.

-Le doy menos de lo habitual porque todavía le queda algo del año pasado -le comentó el proveedor-. Raro, ¿no?

No era raro, sintió Pat. Milagroso. Y lo verdaderamente milagroso tal vez no fuera el propano sino su creciente confianza al haberse rendido a los brazos de Dios.

-No sé lo que el futuro nos deparará, pero estamos más cerca de Dios -dice ella-. Llevo una ferviente vida de oración. Y cuando puedo compartir algo, lo hago. Estoy aprendiendo que siempre se nos recompensa cien veces más.

 

 

Jamás existió un momento en que Bonnie Rose Loveall no se hubiera sentido sola. Los miembros de su familia habían muerto o la habían abandonado cuando era muy joven, y debido a que ahora era madre soltera de dos niños pequeños, había gente que la rechazaba. Bonnie recibía un poco de ayuda del Estado en forma de cupones para alimentos, pero jamás tenía nada de dinero. En realidad, durante años, dice que llevó en su billetera un billete de un dólar para recordar que era un ser humano.

Fue durante este período desolado y difícil que Bonnie conoció el poder del Altísimo. Jamás había sabido de Dios, pero un día, pidió ayuda para criar a sus hijos. ¿Era así como se rezaba? No tenía a nadie con quien hablar de esto y su vida solitaria continuó.

Siempre era una lucha tener alimento sobre la mesa, en especial cuando se quedaba sin cupones. Un domingo por la noche, Bonnie miró, llena de preocupación, los armarios casi vacíos de la cocina. ¿Cómo alimentaría a sus hijos hasta el fin de semana? No había vecinos amables que le prestaran algo, ni un lugar para necesitados, sólo ella y su nevera, que se vaciaba rápidamente.

Habitualmente algo aparecía, aunque esta semana, no era así. Para el almuerzo del martes, Bonnie no tenía nada de comer. Obligándose a mantener la calma, revisó todos los armarios, todos los cajones de su diminuto apartamento, incluso miró debajo de las camas. No había nada para comer. Los niños lloraban de hambre y Bonnie evaluó la situación. No tenía a nadie a quien recurrir, sólo a Dios. Sin embargo, su fe era tan débil… Respiró profundo.

-Dios, los niños necesitan comida -dijo simplemente.

De inmediato, Bonnie sintió una necesidad imperiosa de volver a mirar dentro de los armarios. Se resistía. ¿No acababa de buscar en los estantes vacíos, sin ningún resultado? Pero nuevamente, algo la incitaba y esta vez abrió un armario.

-Había una caja de fideos y queso -recuerda Bonnie-. Yo sabía que antes no estaban allí. Me sentí impresionada y agradecida. -Rápidamente cocinó el contenido de la caja y tanto ella como sus hijos comieron hasta hartarse.

La olla aún estaba llena de fideos. Bonnie los puso en la nevera, lista para recalentarlos para la cena. Dios, después de todo, le había proporcionado el pan de cada día.

Los fideos volvieron a alimentarlos por la noche. Como aún quedaba la olla casi llena, Bonnie volvió a guardarlos en la nevera aquella noche, a la noche siguiente… y a la siguiente…

-Comimos de esa olla toda la semana, hasta que pude volvler a comprar alimentos -dice ella-. Sabía que estaba viviendo una experiencia sobrenatural. Pero ¿a quién podía decírselo?

Bonnie jamás se preguntó por qué Dios no le preparó un banquete en lugar de una humilde caja de fideos.

-Yo creo que mi fe de entonces y de ahora es como la de un niño, simplemente tomo lo que se me ofrece -dice ella-. Le había contado a Dios mis problemas y dejé que Ellos resolviera.

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