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El último regalo de Navidad

Venga a vosotros, hijos de mi Padre, reciban el reino preparado para ustedes desde el comienzo del mundo.

 

LIBRO DE ORACIONES

 

 

Se había pronosticado nieve. Pero Betty Wohlfert (ahora Roberts) de doce años y su hermana de diez, Leonie, ni siquiera lo pensaron cuando una tarde, en 1924, salieron sigilosas con el trineo que acababan de recibir de regalo por Navidad.

-Papá pensó que estábamos en casa ayudando a mamá y ella supuso que estábamos en el granero haciendo alguna tarea con papá -dice Betty. En lugar de eso, las niñas fueron a una colina que quedaba cerca de la granja, en Hubbardston, Michigan.

Llenas de entusiasmo y sin aliento, ninguna de las dos se dio cuenta de que habían comenzado a caer copiosos copos de nieve, no hasta que desapareció la luna y unos vientos huracanados comenzaron a soplar por la oscura planicie. Repentinamente, se encontraron en medio de una nevisca.

Leonie se puso a llorar y las lágrimas se congelaron en sus mejillas. Intentó hablar, pero el feroz viento se llevó sus palabras.

-No llores, Leonie -Betty se abrazó a su hermana, tratando de consolarla, aunque ella también tenía miedo. Había perdido el sentido de la orientación y no tenía idea de dónde estaba su casa. ¿Se congelarían aquí?

-¡Ey! -una voz masculina cortó inesperadamente el silencio-. ¡Necesitáis ayuda! Subid al trineo y agárraos fuerte. ¡OS llevaré a casa!

¿Quién era? La nieve que se arremolinaba hacía imposible ver.

-Usted no sabe dónde está nuestra casa -gritó Beth. ¿No les había advertido su padre que no debían ir con extraños?

-¡Sí que lo sé! -le respondió el hombre.

¡Pero si era Joe, Joe Martin! Alegre, Betty reconoció la voz del muchacho de diecisiete años que vivía a un kilómetro de la ruta, y era una de las personas más cariñosas que había conocido. ¡Qué suerte haberse encontrado con él aquí!

-Subid al trineo -les volvió a decir Joe y las dos niñas obedecieron. Casi no podían distinguir la alta silueta que se agachaba a coger la soga. Así se pusieron en camino, abrazadas, mientras Joe las llevaba por los campos.

Sin su guía, con seguridad no habrían podido ver las luces de las ventanas de la cocina de su casa, incluso aquellas señales familiares se veían borrosas en medio de aquella tormenta de nieve. Joe se detuvo justo junto a la puerta del fondo.

-Ya estáis en casa -les dijo en medio de las ráfagas de viento, casi sin aliento-. Bajad y entrad de inmediato.

-Entra para calentarte un poco, Joe -le dijo Betty mientras, con dificultad, caminaba rumbo a la puerta.

No hubo respuesta. Joe ya había desaparecido.

Pocos días más tarde, las niñas fueron con su padre a la casa de los Martin. El señor Martin les dio la bienvenida, los hizo pasar al vestíbulo y abrió la puerta. Todos miraron adentro.

Joe estaba en cama, pálido y cansado. ¿Se había resfriado durante la tormenta?, se preguntó Betty.

-Joe, vine a agradecerte que ayudaras tanto a mis hijas -dijo el padre de Betty.

Joe y su madre parecieron confundidos.

-Hace dos noches atrás, Joe -dijo Betty-, cuando nos encontraste y nos llevaste a casa.

-Nadie en su sano juicio habría salido en medio de la tormenta -protestó la señora Martin-, en especial Joe.

-Pero …

-Como podéis ver está muy enfermo, tiene gripe -prosiguió, cuando Joe asintió débil-. Estuve a su lado casi todo el tiempo. No ha salido de esta habitación, mucho menos afuera, desde hace una semana.

Betty y Leonie jamás descubrieron cómo Joe Martin pudo estar en dos lugares a la vez. No obstante, fue un regalo que ellas, de buen gusto, aceptaron. La Navidad había terminado, pero Dios había evitado que el mejor regalo fuera el último.

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