En alas de mariposa
Todas las experiencias místicas entran en conflicto con el “mundo real”. Esto se debe a su naturaleza misma.
DOCTOR MELVIN MORSE, TRANSFORMADO POR LA LUZ
-¿Está escribiendo un libro sobre milagros? -Nancy Montonaro, mostraba en su rostro la expresión típica de la duda-. Mis tíos tuvieron una experiencia… Bueno, probablemente se reirá, pero la familia siempre se ha preguntado…
-Cuénteme -la animé. Y Nancy así lo hizo.
Su tía Evelyn y su tío Harvey tuvieron un matrimonio largo y feliz. Un día Harvey fue al hospital quejándose de un dolor. La pareja se sorprendió cuando el médico que atendió a Harvey le diagnosticó un cáncer terminal de huesos. ¿Cómo podrían ellos afrontar esto, no sólo el deterioro físico de Harvey, sino la pena que dicha pérdida ya estaba creando?
Harvey regresó a su casa, pero fueron tiempos difíciles. Adelgazó, perdió fuerzas para moverse. En privado, Evelyn rezaba para que el final llegara pronto, que su amado y valiente esposo no debiera soportar esta angustia por mucho tiempo. Embargados por la pena, cada uno anhelaba el consuelo, pero ninguno podía ofrecérselo al otro.
Una agradable mañana de verano, Harvey decidió sentarse un rato en el patio del fondo de su casa. Cuando se había acomodado en un sillón, notó la presencia de una enorme mariposa azul que revoloteaba encima de él. No, eran dos las mariposas azules que se movían con gracia. Harvey casi no movió ni un músculo, con la esperanza de que permanecieran un momento más. Estas especies debían ser raras, jamás había visto una como ellas.
Estas criaturas aladas no desaparecieron. En lugar de ello, las dos cada vez se acercaban más. Harvey contuvo la respiración. ¿Qué es lo que hacían? Increíblemente, una de ellas se posó sobre su mano desnuda. La otra lo hizo sobre un hombro.
Al instante, Harvey sintió una sensación de serenidad y placer. El sol era cálido, el día glorioso y las mariposas estaban posadas como si disfrutaran el estar con él. Casi sin animarse, Harvey estudió a la que tenía sobre su mano. Pero si hasta podía ver cada vena en aquella ala de color azul zafiro, incluso podía distinguir los ojos y la boca en miniatura de la mariposa. Era increíble.
Cautivada, Evelyn observaba la extraña escena. ¿De dónde venían estos brillantes seres? A menudo trabajaba en el jardín, pero jamás había visto una como ellas. Intrigada y con deseos de mirar más de cerca, abrió despacio la puerta de la cocina y salió al patio. De inmediato, aunque las mariposas difícilmente la hubieran visto u oído, volaron para desaparecer.
-¡Oh, las asusté! -dijo molesta.
-¿Las viste, no? -preguntó Harvey-. Creí que eran producto de mi imaginación. ¿No eran espléndidas?
Evelyn miró a su marido. Se lo veía casi sereno. Obviamente, las mariposas habían obrado una especie de cura espiritual en él. ¡Si tan sólo pudieran regresar! Sin embargo, las probabilidades eran casi nulas.
Al día siguiente, Harvey volvió a salir al patio. Y, como si lo hubieran estado esperando, las dos mariposas azules aparecieron, revoloteando y tomando con delicadeza sus lugares, una sobre la mano de Harvey, la otra sobre su hombro. Harvey estaba asombrado y encantado. Pero en el momento en que Evelyn intentó salir al patio, las criaturas desaparecieron volando.
Esta escena se repitió a medida que pasaban los días. Si Evelyn o cualquier otro estaba en el patio, las visitantes aladas se quedaban escondidas. Si estaban con Harvey y un vecino se acercaba, rápidamente se iban volando. Siempre que Harvey estaba solo, solamente debía esperar un momento y ellas aparecían. Y no simplemente por un instante.
-Es como si me estuvieran cuidando -le dijo una vez a su esposa-. Me siento tan protegido, tan amado.
Harvey cada vez veía más quebrantada su salud, a medida que la enfermedad avanzaba, Evelyn sabía que también aumentaban sus dolores. Pero ella había rezado para que ambos tuvieran consuelo y paz, y sus espíritus se vieran en verdad más iluminados. Las mariposas fueron la respuesta perfecta.
Harvey ingresó aquel otoño en el hospital y murió poco después. Y aunque de vez en cuando Evelyn se sentaba en el sillón de Harvey, con la esperanza de ver a las mariposas, nadie jamás volvió a verlas. Era como si su tarea hubiera terminado. Habían permanecido fielmente al lado de él y después habían escoltado su carga para que regresara a salvo a su hogar.

