En medio de la batalla
¡Ah, los nás inocentes, los más ciegos, los nás débiles, Yo soy Aquel que ustedes buscan!
FRANCIS THOMPSON, “EL SABUESO DEL CIELO”
Cuando Albert Leo entró a la facultad y comenzó a estudiar una carrera de ciencias, ya estaba preparado para desacreditar a todas las religiones organizadas. Pero Dios aún hacía obras en su vida.
-A medida que el tiempo pasaba, yo seguía teniendo experiencias que la ciencia no podía explicar -dice Albert-. Me quedaba claro que todo lo que es real no puede colocarse en la mira del microscopio, ser enviado por un resonador magnético o bombardeado con radiación para ser medido, estudiado y clasificado.
Sin embargo, Albert, aún se describía a sí mismo como un gran “cabeza dura”, en 1944 cuando él y sus compañeros de infantería se encontraban por la nieve y el barro de los Vosgos. Habían luchado en enfrentamientos menores con el ejército alemán, pero las calamidades habían sido muchas. Casi un cuarto de su compañía estaba ahora enferma, herida o muerta.
-Habitualmente, marchábamos de noche, atacábamos la ciudad en manos de los alemanes al amanecer, después ocupábamos las casas y cavábamos posiciones defensivas en las afueras -explica Albert.
Hacia finales de diciembre, el comandante de la compañía decidió cambiar de método. Una patrulla nocturna penetraría en la siguiente ciudad, Linxgen, y tomaría prisioneros para hacer interrogatorios. Albert era uno de los dos que estaban en los puestos de avanzada.
Ya había tenido cantidad de intuiciones. Pero aquella noche experimentó un profundo presentimiento, la certeza de que él no regresaría. Fue tan fuerte aquel sentimiento que dejó las cosas de valor que tenía con un compañero.
En lugar de cascos, los dos soldados se pusieron casacas blancas con capucha, a fin de poder confundirse con la nieve. Después, cargando lanzagranadas, se arrastraron por el suelo cincuenta metros colina abajo desde las líneas hasta una casa. Esta estaba vacía, de modo que le hicieron una señal al resto del escuadrón para que se moviera y rodearan el lugar.
-Recuerden que un silbato significa que deben volver a la casa -les recordó a todos el jefe del escuadrón-. Dos silbatos significan que todos deben retirarse detrás de las líneas.
Albert y el otro soldado volvieron a avanzar medio acuclillados para cruzar los casi doscientos metros de campo abierto hacia el pueblo.
-¡Albert! -le susurró el otro soldado a dos tercios de separación de él-. Vi algo. Regreso a hablar con el jefe.
-De acuerdo -mientras el otro soldado regresaba a la casa, Albert se quedó quieto, con la esperanza de no ver nada. Pronto un rifle se disparó delante de él, desde una pared del pueblo. Los primeros perdigones no llegaron cerca de Albert.
Estaba seguro de estar suficientemente camuflado pero, como había una pila de leña a su izquierda, decidió correr hasta allí. Justo cuando lo hacía, algo salió, como un rayo, desde la pared y un segundo más tarde, todo el mundo pareció estallar en miles de estrellas. Albert sintió que lo elevaban por la cintura. ¡Entonces es así como se siente uno al ser tiroteado! pensó. Por extraño que pareciera, mientras se deslizaba hacia una oscuridad absoluta, no sintió pánico, ni remordimiento, sólo paz y… la presencia de Dios.
El tiempo pasó. Vagamente Albert se dio cuenta de que, después de todo, no estaba muerto, pero que se encontraba tendido en la nieve. Poco a poco, movió las diferentes partes del cuerpo y se dio cuenta de que su brazo derecho no le respondía. Con el izquierdo, Albert se quitó la capucha de la casaca y con movimientos torpes se colocó algo de nieve sobre la sien que le latía. Probablemente había sufrido una herida menor. Si hubiera tenido un casco en lugar de la casaca, tal vez no estaría herido. Mala suerte.
El tiroteo había cesado y Albert parecía ser el único ser viviente en ese paisaje silencioso. De alguna manera, se las arregló para arrastrarse la distancia que le quedaba hasta la pila de leña y allí se incorporó apoyándose contra la madera. En cualquier momento sus compañeros lo vendrían a buscar. Era sólo cuestión de estar consciente hasta entonces.
No oía nada, no hasta que el silbato penetrante rompió el silencio. Un silbato.
El corazón de Albert se angustió. El comandante de la compañía llamaba a los soldados para que regresaran a la casa. Cuando Albert no apareciera, todos supondrían que lo habían matado. Unos momentos después, los peores miedos de Albert se hicieron realidad. El silbato se oyó dos veces. Su escuadrón volvía a las líneas defensivas, dejándolo solo.
Bueno, casi solo. En algún lugar detrás de la pared estaba aún el soldado alemán que le había disparado. Veinte minutos pasaron sin producirse ningún ruido. La herida de la cabeza de Albert aún sangraba y él sabía que se podía congelar hasta morir. Rendirse era probablemente su única opción. Con el mejor alemán que aprendiera en la escuela secundaria, rompió el silencio.
-¡Necesito ayuda! ¡Estoy listo para rendirme!
Nadie respondió.
¿Creía el soldado enemigo que se trataba de una trampa? Albert no podía culparlo. Pero él no podía esperar hasta la mañana para rendirse. Para entonces, los alemanes sólo encontrarían un cadáver. En lugar de ello, Albert se puso de pie detrás de la pila de madera y, para su sorpresa, descubrió que podía caminar. Entonces, ¿por qué rendirse? Tal vez podría llegar hasta su compañía.
Zigzagueando, tambaleándose, a veces cayéndose, Albert llegó a la casa vacía. Jadeante, se dejó caer en el suelo por un momento y se colocó más nieve sobre la herida de la cabeza. Después, arrastrándose hasta ponerse de pie, bajó casi rodando la colina.
-No estaba seguro de la ruta de regreso y me había olvidado de la contraseña -dice-. De modo que grité incesantemente que era un soldado y que necesitaba ayuda.
Nadie respondió.
El agotador viaje parecía interminable. A través del dolor y el miedo, Albert oyó disparos desde el lugar de donde venía. Finalmente un brazo apareció en la oscuridad.
-Vamos, amigo -dijo una voz-. Te ayudaré a llegar a la enfermería. -iLo había logrado!
Más tarde, el médico del hospital le preguntó a Albert qué había sucedido. Y cuando este le describió su viaje, el médico sonrió y meneó la cabeza.
-No le creo, soldado. Alguien debe de haberlo trasladado. No hay ninguna posibilidad entre cien mil de que usted pudiera caminar solo hasta las líneas.
-¿Por qué no? -preguntó Albert-. Es simplemente una herida superficial, ¿o no?
-¡Una herida superficial! El agujero que tiene en el cráneo es de más de siete centímetros. Si hubiera tenido un casco en lugar de una casaca con capucha, esa esquirla habría perforado el metal y lo hubiera matado.
Albert estaba confundido. iY él que había pensado que la casaca había sido mala suerte!
-De todos modos, soldado, no pudo haber estado consciente, no con la cabeza así abierta -continuó el médico-. Además, si hubiera pasado más tiempo, se habría muerto de la impresión, por pérdida de sangre o se habría congelado. No señor -meneó la cabeza-. No existe explicación a la razón por la que usted vivirá.
Albert se quedó quieto con los ojos bien abiertos. Pensaba en lo que el otro soldado le había dicho, momentos después de haberse desplomado detrás de las líneas, cuando Albert, sin aliento, preguntó:
-¿Por qué no me cubrieron?
-Lo habríamos hecho, pero no sabíamos cuántos alemanes estaban detrás del nido de ametralladoras -le explicó el otro soldado-. Todos regresamos a las líneas para disparar desde allí.
-No había ningún nido de ametralladoras allí -discutió Albert.
-Sí que lo había, a la izquierda de donde tú estabas.
-¡Eso era una pila de madera! -explicó Albert-. Los disparos provenían de la pared, no de allí. Yo me escondí allí para esperarlos.
Los dos soldados se miraron entre sÍ.
-Nosotros disparamos hacia allí -le dijo con gentileza el otro soldado-. Si hubieras estado en ese lugar, te habríamos matado.
Hoy Albert Leo es director de proyectos de los laboratorios Seaver, de Claremont, California, y aún sigue siendo muy científico y profundamente espiritual también. Además, de vez en cuando recuerda el episodio de Lynxgen. ¿Fue simplemente una coincidencia que él tuviera puesta una capucha en lugar de un casco, que la nieve que se puso sobre lo que aparentemente era una herida mortal lo mantuviera vivo? ¿Fueron sólo sus piernas las que lo llevaron caminando más de doscientos metros a campo abierto, y después subiendo cincuenta metros de una colina cubierta de nieve?
-¿Dónde y cómo nos encontramos con Dios? -pregunta Albert-. El está presente cuando menos lo esperamos.

