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La llamada de Dios

Abre tus oídos, abre tu corazón y escúchame bien. Jamás has sido abandonado. Ni Dios estuvo lejos de ti, incluso en tu hora más oscura…

 

JOSEPH F. GIRZONE, JOSHUA

 

 

Siempre ha sido la meta de Ken Gaub ayudar a aquellos que sufren.

-Algunas personas sólo necesitan un poco de aliento y yo deseo influir en sus vidas de una manera positiva -dice él. Se hizo misionero y, con su familia, estuvo al frente de verdaderas cruzadas por toda América, en muchos países del extranjero. Fundó una revista, un programa de radio y televisión y un programa de alcance para la juventud.

Sin embargo, a veces aun los predicadores quedan agotados y sin aliento, y entonces se preguntan si deberían considerar algún otro tipo de trabajo. Así fue como se sintió Ken un día, en los años setenta, cuando él, su esposa, Bárbara, y sus hijos conducían dos autocares de su grupo por el sur de Dayton, Ohio. Dios, ¿estoy haciendo el bien, viajando de un lugar a otro de esta forma, hablándole a la gente de Ti? se preguntaba en silencio. ¿Es esto lo que Tú deseas que yo haga?

-¡Ey, papi, comamos algo de pizza! -sugirió uno de los hijos de Ken. Aún perdido en sus pensamientos, Ken tomó la siguiente salida de la ruta 741, donde un cartel tras otro anunciaban una amplia variedad de comidas. Un cartel, murmuró Ken, eso es lo que yo necesito, Dios, un cartel.

El hijo de Ken y la esposa de este ya habían entrado con el otro autocar al estacionamiento de una pizzería y estaban esperando a que Ken estacionara. El resto de la familia bajó del vehículo. Ken se quedó mirando la nada.

-¿Vienes? -preguntó Bárbara.

-En realidad no tengo apetito -le dijo Ken-. Me quedaré aquí afuera para estirar un poco las piernas.

Bárbara siguió a los otros y entró al restaurante, Ken se bajó del autocar, cerró las puertas y miró a su alrededor. Al ver que había una lechería, caminó hacia allí para tomar algo sin alcohol, después regresó. Se sentía exhausto. ¿Eran sus depresiones señal de que estaba totalmente agotado?

El sonido de una campanilla rompió la concentración de Ken. Provenía de una cabina telefónica que estaba en la estación de servicio, al lado de la lechería. Mientras Ken se acercaba a la cabina, miró para ver si alguien de la gasolinera venía a contestar el teléfono. Pero el empleado continuó su trabajo, aparentemente indiferente a la llamada.

¿Por qué nadie atiende el teléfono? se preguntaba Ken, cada vez más irritado. ¿Qué sucedería si se trataba de una emergencia?

La llamada insistente siguió. Diez campanillas. Quince..

La curiosidad fue más fuerte que el letargo de Ken. Caminó hacia la cabina y levantó el auricular.

-¿Hola?

-Llamada de larga distancia para Ken Gaub -dijo la voz de la operadora.

Ken se quedó anonadado.

-¿Está loca? -dijo. Después, al darse cuenta de su rudeza, trató de explicarse-.¡No puede ser! Acabo de pasar por casualidad por este lugar y oí que el teléfono estaba sonando…

La operadora no prestó atención a sus explicaciones.

-¿Se encuentra ahí Ken Gaub? -preguntó-.Tengo una llamada de larga distancia para él.

¿Era una broma? Automáticamente, Ken se alisó el cabello para posar ante los camarógrafos que seguramente aparecerían con una cámara sorpresa. Nadie lo hizo. Su familia estaba comiendo pizza en un restaurante elegido al azar, a pocos metros de donde él se encontraba. Y no había nadie más allí.

-Tengo una llamada de larga distancia para Ken Gaub, señor -volvió a decir la operadora, obviamente llegando al límite de la paciencia-. ¿Está o no allí?

-Operadora, yo soy Ken Gaub -dijo Ken, aún incapaz de encontrarle algún sentido a esto.

-¿Está seguro? -preguntó la operadora, pero entonces, Ken oyó la voz de otra mujer en el teléfono.

-¡Sí, es él, operadora! -dijo ella-. Señor Gaub, soy Millie, de Harrisburg, Pennsylvania. Usted no me conoce, pero estoy desesperada. Por favor, ayúdeme.

-¿Qué puedo hacer por usted? -preguntó Ken. La operadora colgó.

MiIlie comenzó a llorar y Ken esperó con paciencia a que se calmara. Finalmente le explicó:

-Estaba a punto de suicidarme y comencé a escribir una nota. Después empecé a rezar y a decirle a Dios que no quería hacer esto. -A través de su desolación, Millie recordó haber visto a Ken en televisión. Si ella tan sólo pudiera hablar con este pastor tan amable y cariñoso, ese que tenía una actitud tan misericordiosa…

-Sabía que era imposible, porque no sabía cómo llegar a usted -prosiguió Millie, más tranquila-. De modo que seguí escribiendo para terminar la nota. Y entonces unos números me vinieron a la mente y los escribí en un papel -ella volvía a llorar. En silencio Ken pidió tener sabiduría para ayudarla.

-Miré esos números -continuó Millie entre lágrimas-, y pensé si no sería maravilloso que Dios hiciera un milagro conmigo y me diera el número de Ken. No puedo creer que esté hablando con usted. ¿Se encuentra usted en su oficina de California?

-Yo no tengo oficina en California -explicó Ken-. Mi oficina está en Yakima, Washington.

-¿Entonces, dónde está usted ahora? -preguntó asombrada Millie.

Ken se sentía aún más asombrado.

-Millie, ¿no lo sabe? Fue usted la que llamó.

-Pero no sé dónde he llamado -Millie había contactado con Ia operadora de larga distancia y le dio los números a ella, pidiendo una llamada de persona a persona. Y de alguna forma había encontrado a Ken en un estacionamiento de Dayton, Ohio.

Ken aconsejó con amabilidad a la mujer. Pronto ella conocería a aquel que la sacaría de la situación que vivía para comenzar una nueva vida. Entonces colgó, aún asombrado. ¿Creería su familia esta historia increíble? Tal vez no debería contársela a nadie.

El había rezado por tener una respuesta y había recibido lo que necesitaba, un renovado propósito de servir, una visión del valor de su trabajo, la conciencia vivificante de la preocupación de Dios por cada uno de sus hijos, todo en un encuentro que sólo pudo ser arreglado por Su Padre celestial.

El corazón de Ken rebosó de alegría.

-Barb -exclamó cuando su mujer subió al autocar-. ¡No vas a creerlo! ¡Dios sabe dónde estoy

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