Milagro en el centro comercial
Cuando rezo, se producen coincidencias,
Cuando dejo de rezar, ya no hay más coincidencias.
WILLIAM TEMPLE, ARZOBISPO DE CANTERBURY
Ocasionalmente, los orígenes de una historia no se pueden rastrear por completo. No obstante, la gente que conoció al extinto fundador de la Iglesia Bautista Beverly Hills, de Dalias, Howard Conatser, recuerda la integridad de su persona. Todos saben que él debía estar personalmente convencido de que un acontecimiento era auténtico antes de transmitírselo a los demás. Su viuda, Helen, y algunos miembros de su congregación original ahora concurrían a la iglesia de Rack South en DuncanvilIe, Texas, y recuerdan bien esta historia.
-Howard la oyó, posiblemente de su padre, en una convención cristiana realizada en California a fines de la década de los setenta -dice Helen Conatser. El pastor regresó a su casa y les contó la historia a los demás, incluyendo la audiencia televisiva a todo el país durante un sermón-. Muchísimos milagros parecían estar sucediendo en nuestra congregación y a gente que nosotros conocíamos en aquel momento -continúa Helen-. Este, simplemente, era uno más, de modo que lo aceptamos como un regalo de Dios y jamás necesitamos someterlo a prueba. -Por lo tanto, las pistas han llegado a un final. Pero el milagro permanece.
Beth* y Margie*, dos adolescentes que eran hermanas, habían pasado un buen rato haciendo compras en un centro comercial. Cuando ya estaban a punto de retirarse del lugar, se dieron cuenta de que era de noche. Paradas en la salida del centro, casi no podían distinguir el contorno del automóvil, el único que quedaba en aquella sección mal iluminada del estacionamiento.
Las jóvenes estaban nerviosas mientras esperaban, deseosas de que algunos clientes salieran para poder caminar juntos. Las dos sabían que había habido una importante ola de asaltos y violaciones en las zonas de los centros comerciales y ellas recordaron la advertencia de su padre quien les había recomendado que no se quedaran hasta muy tarde.
-Papá va a estar furioso -dijo Beth.
-¡Entonces será mejor que nos vayamos ya! -Margie tomó los paquetes, abrió la puerta y caminó lo más rápido que le permitían las piernas. Beth la siguió, mirando a un lado y a otro. El tránsito de la calle había disminuido, pero el estacionamiento parecía demasiado tranquilo.
¡Lo habían logrado! Beth metió la llave en la cerradura de la puerta, se subió y abrió la puerta del acompañante para que subiera Margie. Justo entonces las jóvenes oyeron unos pasos que corrían detrás de ellas. Cuando Margie se dio la vuelta, su corazón casi se detiene. Allí había dos hombres de aspecto abominable que corrían hacia donde estaba el coche.
-¡Vosotros no vais a ninguna parte! -gritó uno de ellos.
Margie profirió un alarido. Aterrorizada se subió torpemente y las dos muchachas cerraron las puertas justo a tiempo.
Con los dedos que le temblaban, Beth giró el encendido del motor. No arrancó. Volvió a probar, una y otra vez. La llave sólo hacía un chasquido en el tambor. ¡No tenían batería!
-¡Beth, vuelve a intentarlo! -dijo frenética Margie. Los hombres tiraban de las manijas de las puertas, haciendo presión contra las ventanillas.
-¡No puedo! -dijo llorando Beth-. ¡No arranca!
Las jóvenes sabían que sólo les quedaban segundos. Rápidamente, las dos unieron las manos y se pusieron a rezar.
-Dios santo -suplicó Margie-, ¡que se haga un milagro en el nombre de Jesús!
Una vez más, Beth giró la llave del encendido. Esta vez el motor se puso en marcha. Colocó la primera y salió a la carrera del estacionamiento, dejando atrás a los dos hombres.
Las jóvenes lloraron todo el camino de regreso, impresionadas y aliviadas al mismo tiempo. Entraron presurosas en el garaje, para entrar corriendo a la casa y contarle al padre lo que les había sucedido. El las abrazó por un momento.
-Lo principal es que no os pasó nada -las tranquilizó-. Pero podrían haberos lastimado o matado. ¡No volváis a arriesgaros más a una situación así!
-No lo haremos -prometió Margie, secándose los ojos.
Su padre estaba intrigado.
-Sin embargo, es extraño. Este coche nunca tuvo problemas de arranque. Mañana lo revisaré.
Temprano, a la mañana siguiente, levantó el capó del coche para echar una mirada al arranque. Y, con una mirada de asombro, se dio cuenta de Quién había traído a sus hijas sanas y salvas, la noche anterior, ya que descubrió que el coche no tenía batería.

